martes, abril 25, 2006 

Último estertor

Ayer murieron mis ganas de vivir. Hoy, mis letras. Mañana... mañana es un horizonte hecho trizas, un rostro que jamás conoceré.

"No hay nada que explicar. Adiós".
Tito Manfred.

domingo, abril 23, 2006 

Sesenta y nueve pequeños placeres

- Hacer listas.
- Delirar.
- Recrearme imaginando las formas en que me podría bajar de esta funesta embarcación.
- Embriagarme de la risa.
- Tejer letras que sean fiel representación de mi putrefacción.
- Llevar puestos mis calzoncillos favoritos, esos que son tan cómodos que me hacen sentir desnudo cuando voy por la calle.
- Sentir frío y abrigarme.
- Atragantarme con mi llanto.
- Dormir después de llorar.
- Titular cuentos que quizás nunca escriba.
- Ver mi nombre encabezando el listado de notas de alguna prueba.
- Hacerme cargo de mi endemoniada y adorable hermana chica.
- Comerme una chaparrita caliente mientras regreso a mi casa a pie desde la universidad, en una tarde nublada.
- Hacerme daño.
- Rever Reconstrucción de un Amor.
- Disfrutar de un lavado de cabello hecho por manos extrañas.
- Caminar por calles poco transitadas.
- Creer ilusamente que alguien podrá alguna vez entender mis signos.
- Descansar luego de la extenuación.
- Rechazar treguas.
- Beber un litro de leche con plátano.
- Soñar despierto que la vida me tiene reservados premios que no merezco.
- Comer hasta el hartazgo, pizza o tacos.
- Escuchar a Radiohead para deprimirme aún más.
- Poner a funcionar la maquinaria platónica.
- Estar absolutamente solo en mi casa.
- Sentir piel ajena (no cualquiera), eso que pasa tan poco por estos días.
- Cantar a viva voz Narc, de Interpol.
- Inventar alumnos en la lista de asistencia a las cátedras.
- Hallar extrañamente paz en mi miseria interior.
- Jugar con amigos Winning Eleven 9 en PlayStation 2, y ganar, por supuesto.
- Leer exhaustivamente la revista de TV cable apenas llega.
- Escribir mentalmente mi carta de despedida.
- Dormitar.
- Perderme entre las estanterías de Blockbuster.
- Fumar a las horas indicadas.
- Desollarme los domingos por la noche.
- Obsesionarme con alguna nueva banda de rock.
- Comunicarme (si es que existe tal cosa) con algunas personas.
- Gritarles a perfectos extraños que muero por dentro.
- Olerles disimuladamente el cabello a mujeres desconocidas.
- Picotear el asado mientras aún está en la parrilla.
- Llegar, a partir de un hecho aislado, a deducciones escabrosas y rebuscadas.
- Escuchar una y otra vez, una y otra vez, un cedé nuevo.
- Tentar a la muerte en estado de intemperancia.
- Sufrir escalofríos literarios, cinematográficos o musicales.
- Alimentarme el ego.
- Autodespreciarme severamente.
- Compartir el absurdo.
- Jugar al balancín.
- Verme reflejado en personajes literarios despreciables.
- Sonrojarme tras ser halagado.
- Imaginar mi funeral. (Ojalá no vaya nadie).
- Comer sandía en las calurosas noches de verano.
- Jugar con mi hermana chica y hacerla reír.
- Arrancar de toda jovenzuela (desatinada y) poco interesante que guste de mí.
- Sufrir majaderamente por mujeres a las que no intereso. (En este deporte soy campeón olímpico).
- Enterarme de la postergación de una prueba para la cual no he estudiado.
- Contemplarme en el espejo sin odiarme.
- Sostener diálogos incoherentes con mi interlocutora favorita.
- Emborracharme sin sentimiento de culpa.
- Finalizar una noche de juerga comiéndome una tortuga (sándwich) en Donde Miguel.
- Dormir como un tronco.
- Anestesiarme jugando Solitario Las Vegas.
- Explorar los límites del patetismo.
- Terminar de leer un libro poco placentero.
- Dilapidar dinero en estupideces.
- Recordar que la solución a mi desolación se halla al alcance de mis manos.
- Escribir, por sobre todas las cosas, escribir.

"Escribir es mirarse al espejo. No me gusta lo que veo, no me gusta...".
Tito Manfred.

viernes, abril 21, 2006 

Untitled #3

... y es entonces cuando la vida -sí, esa puta de mierda- me ofrece con una puntualidad asombrosa, su entrepierna. Abre sus extremidades inferiores como sólo ella sabe hacerlo, y ¿qué veo? Veo desplegarse un dulce amasijo de treguas. Sí, tal cual, treguas. Treguas de las más diversas especies. Y es ahí cuando mi voluntad flaquea y echo pie atrás en lo determinado minutos antes, y solicito por enésima vez a mis sombras una prórroga. Y no es que ame a esa puta de mierda, pero vaya si son deliciosas sus concavidades.

"Mi vida ya no es vida, mi vida es un artificio tejido con treguas".
Tito Manfred.

sábado, abril 15, 2006 

Untitled #2

(Cuando mi ocaso está más cerca que nunca, tan cerca que me resulta absurdo mirar el calendario o beber con moderación, hago un recuento de mi fracturada existencia y concluyo que los puentes no son más que bonitas abstracciones y que este sombrío mundo, mi mundo, es tierra fecunda de túneles).

En mi túnel, cada mañana más hermético, cada noche más estrecho, ya ni siquiera existe lugar para mí.
Mientras mis huesos son triturados y muero como el más noble y necio de los príncipes, sin abandonar jamás este castillo repleto de calamidades, me pregunto si sólo para mí la gente padeció sordera, padeció mudez.

(Tenía planeado que éste, la quincuagésima miseria que arrojo al ciberespacio, fuera el último de mis escritos. Pero recordé que, por razones que no vienen al caso, aún no puedo asesinar a Pepe Romano ni autoexiliarme de esta tierra que me inventé. De todas formas, ya todo aquí huele a últimos días).

"Y al final de esta carretera perdida, oscura y desolada, un barranco".
Tito Manfred.

martes, abril 11, 2006 

Untitled #1

(Ya no miro a los ojos, ya no revelo mis verdades. Ya no miro a los ojos, ya nadie sabrá del último de mis planes. Y si es que finalmente alguien logra hallar mis ojos, ya será demasiado tarde).

Diez... nueve... ocho...
En mi mochila cargo una bomba que no es de juguete. En mi mochila cargo una bomba que diestramente he manufacturado. En mi mochila cargo una bomba que será mi redención.
Siete... seis...
En mi mochila cargo una bomba con cara de punto final. En mi mochila cargo una bomba que –no os preocupéis– sólo ha de hacerme pedazos a mí. En mi mochila cargo una bomba que me canta dulcemente: "tic-tac, tic-tac", al ritmo de anhelada cuenta regresiva.
Cinco... cuatro... tres...
En mi mochila cargo una bomba y nadie lo sabe porque llevo los ojos vendados.
Dos... uno...
Y en el bolsillo izquierdo de mis jeans cargo una bala, en caso de...

"¿Por qué me juzgan? Jamás estuve vivo".
Tito Manfred.

domingo, abril 09, 2006 

De por qué los regalos del señor V. apestan

De vez en cuando, sobre todo cuando se halla ante la encrucijada de leer con urgencia un libro por obligación académica (Popol-Vuh, por ejemplo) o dibujar letras por puro placer, el incognoscible señor V. se disfraza de sujeto precavido y escribe alegremente cartas-excusa a entidades abstractas o inexistentes, con el fin de tener a qué echar rápidamente mano cuando su nefasto ser quede al descubierto ante alguna entidad ya no tan abstracta o ya no tan inexistente.
Lo que me tomo la execrable libertad de transcribir a continuación, es un fragmento de una epístola en que el señor V. intenta burdamente explicar a mujer no identificada por qué no sabe hacer buenos regalos:

"Oh, musa inspiradora de mis delirios más excelsos, no sabes cuánto quisiera poder regalarte mi redención, o un beso lisérgico, o un año de mi seguramente corta vida, o un manuscrito embotellado, o un silencio que hable por los dos, o la eternidad en cápsulas, o cien poemas épicos, o un neologismo inspirado en ti, o un vulgar tatuaje en mi brazo izquierdo, o las dedicatorias de los libros que aún no he escrito, o un país para dos, o un color recién descubierto, o un recorrido por Viena antes del amanecer, o una sinfonía con tu nombre, o una copa de mi sangre alcoholizada, o simplemente bombones y rosas. Pero no puedo. No puedo, no puedo, no puedo, no puedo, no puedo, no puedo, no puedo... Y la vida que no me da respiro.
"¿Por qué me miras así? ¿Es que acaso no entiendes aún? Pues, echa un vistazo breve pero profundo a mis ojos rotos, a estos ojos que sólo hablan de derrotas; supongo que con eso bastará. ¿Ves ahora las llagas internas –algunas de nacimiento, otras adquiridas– que no han de cicatrizar jamás? Expelen el nauseabundo perfume que baña a toda existencia en franca descomposición. Sí, querida, estoy podrido por dentro. Y sólo sé regalar gusanos".

"Enterrarme será sólo un trámite".
Tito Manfred.

sábado, abril 08, 2006 

Porque tengo demasiado que decir...

... hoy callo.

miércoles, abril 05, 2006 

Aseo radical del álbum fotográfico

Al tiempo que me deshago sin remordimientos de un puñado de fotos que ya no me dicen absolutamente nada, pienso que el inefable tiempo es en extremo sabio y que confundir amor con fuego vacuo pero pegadizo, es más fácil de lo que creía.

"Sólo si me regalas el fin te recordaré".
Tito Manfred.

lunes, abril 03, 2006 

Narciso Andrés Narváez Báez

"Y que nadie se atreva a siquiera insinuar que jamás conocí lo que es el amor. ¡Cuánto amé mi reflejo en los ojos de todas aquellas mujeres!", pensó en voz alta el idiota de Narciso Narváez mientras, frente a su espejo predilecto, se afeitaba la barba de medio día.

"Detengan a ese idiota, que carga demasiadas verdades".
Tito Manfred.

lunes, marzo 27, 2006 

Traje de sastre

Anoche, delirando a causa de inconveniente pero irremediable estado febril, el joven de los ojos tristes se arrancó la bullente piel a certeros mordiscos de lobo violento, pestilente, sarnoso e indeseable.
Desollado por sus propios colmillos, el esperpéntico hombre-lobo intentó en vano aplacar con furibundos lengüetazos el absurdo dolor de quien se automutila por mero amor a las situaciones desventajosas e inapropiadas.
Posteriormente, en un hecho fuera de todo cálculo inicial, el cuerpo despellejado comenzó a hervir con una crueldad de puta madre y a liberar entre alarido y alarido del joven de los ojos tristes, ideas poco cuerdas. Como ya supondrá el lector entrañable, nuestro deleznable protagonista no logró concebir el sueño durante toda la noche, perturbado por su incapacidad para dotar de sentido común a los disparatados pensamientos que manaban de la carne en llamas.
Esta mañana, cuando el sol todavía daba bostezos poco cálidos, el joven de los ojos tristes, resuelto como nunca, tomó los patéticos guiñapos que hasta hacía menos de veinticuatro horas atrás cubrían sus carnes vivas, y se dirigió raudamente a la casa del sastre del barrio y le solicitó que confeccionara con los maltrechos fragmentos de piel un correcto traje a la medida, uno de esos que visten los hombres que hacen bien las cosas.

"Desnúdate en ambientes fríos y te resfriarás".
Tito Manfred.

jueves, marzo 16, 2006 

Delirio de un simple artesano

Sé que mi desmedida e insensata ambición artística pesa mucho, mucho más que mis capacidades creativas. Este lamentable desequilibrio es la eficaz garantía de que múltiples desilusiones amenazan con cubrir toda la extensión de mi trayecto vital.
Pero no crean ni siquiera por un segundo, que ha estado alguna vez en mis planes renunciar a mi ambición desbocada; después de todo, la vida es mi ramera y le exijo lo que me venga en gana. Y ahora me viene en gana que me transforme por arte de magia en un gran escritor.
¡Silencio, imbéciles! No se rían de mí, ni de mi ineptitud literaria, ni de mis patudas pretensiones. ¿Saben? Existe algo peor que un escritor mediocre: un lector de letras mediocres. Ríanse ahora, huevoncitos amaestrados. Perdón, no quise...
Pensándolo bien, mi petición no es la gran cosa, porque, aunque ustedes no lo crean, por mérito propio ya estoy a punto de situarme a la misma altura de mi feo amigo Kafka o del gran Tito Manfred, un portento de artista lastimosamente desconocido por la chusma inconsciente.
Es más: cumplo prácticamente con la totalidad de los requisitos que se le exigen a todo proyecto de narrador inmortal. A modo de ejemplo: soy un perdedor de los buenos, vivo en constante conflicto con mi ciudad natal, tengo una relación tensa y distante con mi padre, siento debilidad por las palabras, creo fervientemente en los excesos (no me refiero al burdo exceso de drogas, alcohol y sexo), inhalo conjeturas y exhalo arrebatos, detesto la moderación y el justo medio (Aristóteles se puede ir a la mierda), conozco el infierno (o infiernillo, mejor dicho), pienso con relativa competencia, siento con estridencia, bebí alcohol más allá de lo aconsejable, abandoné el seudovicio, soy un inconformista, amo a las mujeres por sobre todas las cosas, adoro los espejos, juego a inmolarme, desarrollo obsesiones oscuramente divertidas, tengo pésimos modales, sueño despierto, y me alimento de decepciones.
Como se pueden haber dado cuenta, soy un excelente candidato a futuro ganador del Premio Cervantes. Calculo que lo único que me va faltando a esta altura... es talento.

"La vida es una terca ramera que sólo busca su propio orgasmo. Sometedla".
Tito Manfred.

martes, marzo 14, 2006 

¡MALDICIÓN!

Sumido en fabuloso caos mental, sólo atino a escribir las siguientes letras: mi cabeza es un grandioso monumento a la complicación. Debería arrancármela y convertirla en blanco ideal de las palomas.

"Palabras, tengan piedad de mí".
Tito Manfred.

domingo, marzo 05, 2006 

Ideas inconexas y una foto fuera de contexto

Les advierto de antemano que este escrito de ínfima calidad es escandalosamente displicente y falto de dirección ¿siguen leyendo? ah bueno allá ustedes mi temporada en el infierno fue más corta de lo esperado qué equivocado estaba quien pronosticó lluvia no te mereces mi aflicción my dear encantadoras cínicas existe una ruta que conduce a la felicidad humana se llama "sufrimiento" existe ese puerto al que generalmente llamamos "felicidad" pero al que yo rebautizaré ahora como "sometimiento al dolor" quien desee ser divinamente feliz quien tenga sosos delirios de alegría invulnerable que se marche pronto de este mundo yo en cambio que sólo anhelo lo terrenal planeo seguir disfrutando de los dones de la tierra durante un largo rato mientras me dure el entusiasmo hace unos días atrás una fenomenal carcajada salió de mi boca tras leer mi horóscopo jamás resisto la tentación de leerlo y advertir que describía con asombrosa exactitud mi situación actual por si a alguien le interesa saberlo soy cáncer y jabalí es decir doblemente patético sabio consejo escucha Ob-la-di-ob-la-da y suelta esa tentadora navaja me siento tan ligero que floto el futuro fue un invento de la alta burguesía para adormecer al pueblo si el amor en sus manifestaciones más brutales produce la casi absoluta anulación del yo qué duda cabe de que se trata de una enfermedad de mierda admiro profundamente a Lagos grandioso animal político pero sin duda su enorme popularidad no se ha debido a sus políticas públicas sino a su carácter autoritario y prepotente lo que tristemente atrae de sobremanera al chileno medio qué patético despertar de una borrachera y convertirse en un mar de arrepentimientos por suerte es un fenómeno que no extraño en lo más mínimo qué feo es el idioma sueco ¿en qué se parece un eunuco a un paladín de la objetividad? en todo "me arrepiento de las palabras que te regalé de decisiones que sin pensarlas tomé por ti de abrumadoras sombras que para ti compré..." a nadie parece agradarle la barba que me estoy dejando me gusta tomar leche con plátano y mancharme el bigote Barney es un pederasta jurásico mi preciosa inteligente y cretina hermana S. es fanática de Cindy Lauper y canta o escucha a cada rato Girls just wanna got fun esporádicos suspiros que se prolongan más de lo debido es todo lo que ha quedado pero ya encontré la forma de combatirlos me duele la cabeza no sé por qué diablos el timbre del teléfono altera mis nervios sí lo sé soy un neurótico y Woody Allen es uno de mis mayores héroes personales a veces aburre andar a tientas díganme buena persona y el absurdo se sembrará en el mundo qué repugnancia me da ver por televisión a los honorables señores demócratas masturbarse mientras escupen su putrefacta verborrea sobre las cualidades de su retoño el hombre sólo conocerá la libertad cuando se regale a sí mismo la abolición del Estado mi mal recompensado idealismo no me ha permitido desarrollar por completo mis enormes potencialidades de conquistador ja ja ja soy un imbécil ahora que nada parece detener mi búsqueda del vano placer quizás sea el momento de experimentar el conformismo amoroso maldición tengo la vista cansada existen dos cosas que admiro y/o envidio de mi hermana L. su gran talento para el dibujo y la salud de su mente es una jovenzuela aparentemente libre de "rollos" neurosis e irascibilidad una verdadera excepción en mi desquiciada y/o desquiciante familia desprecio el discurso moderado de los neomencheviques calificar una obra de arte a partir de su nivel de compromiso político es una imbecilidad ¡viva el formalismo ruso! el arte se corrompe cuando se lo instrumentaliza políticamente los hermosos pero nefastos documentales de Leni Riefensthal son un excelente ejemplo de aquello distinto es que un poema inspire tomar las armas y salir a la calle inspirar al pueblo no es lo mismo que enajenarlo que es lo que hace el arte programado e instrumentalizado si no les quedó clara mi explicación mala suerte porque me aburrió el tema y no pienso extenderme más sobre el mismo aunque usted no lo crea he tenido amigos de extrema derecha lo cual es muy fácil de explicar a fin de cuentas la política no es más que otro de los juegos que conforman nuestra vida en sociedad juego en el que obviamente hay al menos dos bandos juego en el cual la lucha es a muerte juego que es imperdonable no jugar juego que sin embargo no monopoliza todo nuestro tiempo por suerte existen otras arenas donde jugar e incluso ser compañero de equipo del enemigo político así de simple el secreto está en no tomarse la política demasiado en serio el cáncer de hermosa y frágil figura y rostro celestial ha sido al fin vencido ¿cómo lo sé? ya no es lo primero en lo que pienso al despertar ni lo segundo ni lo tercero modestia aparte no me resultaría nada de difícil ahora que estoy libre-libre "engrupirme" fea palabra en el corto plazo y sin mayor esfuerzo a más de alguna incauta diseñada para caer rendida ante mi singular encanto mi mordaz ingenio mi avasallador intelecto mi superioridad moral mi misantropía mi pudorosa pasión ja ja ja ja ja mi brillante oratoria mi entrega sin negociaciones ni estratagemas mi infantilismo mi talento para acariciar con las palabras precisas mi engañosa timidez mi adorable melancolía mi estupidez mi profundidad mi nada despreciable acervo cultural mi relativamente buena voz mi seudoheroísmo romántico mi torpeza mi originalidad no de manual mi simpática antipatía mi perfecta imperfección mi grandeza y mi suprema humildad aún convalezco y ya me quiero enfermar quién me entiende algo me dice que este año las "mechonas" van a estar muy apetecibles desde mañana comienzo a afilar mis colmillos ja ja ja me voy a autoflagelar por idiota además a quién engaño el disfraz de superficial jamás me ha calzado bien Nietzsche otro de mis héroes personales dijo alguna vez "lo que no me mata, me hace más fuerte" una verdad profunda que yo tímidamente he podido experimentar en alguna medida puede parecer paradójico pero mientras más le guiño el ojo a la muerte mientras más próxima se contonea embriagándome con su aroma más me enamoro de la vida y sus miserias cada golpe que recibo me agiganta aún más en época no tan remota mi muñeca izquierda fue besada tiernamente por una hoja de afeitar y reí ante semejante desproporción después de todo mi sangre es deliciosa en serio y no la merece cualquiera vuelven Los Tres es una buena noticia algunas mentiras son bellísimas las mentiras que acarician las mentiras que son oportunos salvavidas las mentiras autocomplacientes y las mentiras temerosas e infantiles pero sin duda las más maravillosas son las mentiras pletóricas de verdad pletóricas de juego de a dos yo me declaro mentiroso y no me avergüenza reconocerlo amo las palabras y díganme si cada palabra no entraña una mentira cuando mis impulsos y mis emociones se desbordan peligrosamente tomo una palabra y la uso de camisa de fuerza llamemos a esto sentido de supervivencia pese a todo no en pocas oportunidades son las mismas palabras las que se alborotan y proclaman su independencia de mí me asusta tener la certeza de que este año me irá bien en todo ámbito y es que todo se desbarata con tanta facilidad ¿recuerdas cuando hace no mucho me dijiste que yo era como una droga para ti? ja ja ya se quisieran tu voluntad los drogadictos silencios hay muchos y muy hermosos pero lo importante radica en elegir bien a cuáles oír cuando estoy a punto de darme por vencido me engaño a mí mismo y pienso que el milagro de la comunicación no es tan sólo una bella utopía pero tú y yo y todos sabemos que lo es me gusta mi reloj pequeño y análogo no sé qué le ven a esos armatostes digitales si Bachelet es socialista yo soy Alfonso el Sabio pienso que la decepción recíproca es lo máximo a lo que pueden aspirar dos amantes súbitamente el pesimismo me ha abrazado súbitamente todo se complica y cómo no si las cosas no me son indiferentes me siento necio y ridículo y todo por culpa de mi necedad y mi ridiculez mi inteligencia es un aparato bello pero inservible de qué sirve maravillarse con las reflexiones de Heráclito o ganar por paliza un debate si en la vida práctica siempre tomo las peores decisiones el otro día me enamoré por enésima vez de Amélie Poulain esa muchacha simple que ama los pequeños placeres yo también amo los pequeños placeres pero como no me bastan emprendo grandilocuentes cruzadas que terminan en tristes naufragios ay qué sufrido el muchacho te tomas demasiado en serio así está mejor ríe porque sí te felicito aprendes rápido es cierto que tienes más de una razón para padecer pesimismo agudo pero ¿qué pensamos de la razón? exacto buen amigo que es una mierda ahora deja de pensar y ríe porque sí bravo así se hace una pregunta ¿soy un puto clisé? no responda soy en extremo sensible qué alegría punto final a la vista esta bosta ya casi llega a su fin pero todavía no entro en cólera cuando una mano extraña altera la disposición de mis cosas mis cedés tienen un orden sagrado mi hermana P. es el anticristo altas expectativas he ahí la más cruel de las máquinas de tortura el naturalismo es una mierda qué patéticos aquellos individuos que se creen rebeldes y progresistas por criticar a Bush lo que no es más que un insulso lugar común rebélense contra los déspotas locales y recién ahí conversamos en mi vida he leído a Fuguet y quizás nunca lo haga Armanda y María personajes disímiles e idénticos a la vez tienen dos cosas en común de ambas me enamoré perdidamente y ambas murieron a manos de necios relativamente parecidos a mí como se podrán haber dado cuenta esta ensalada de letras carece por completo de sentido es un horrendo despropósito pero no digan que no se los advertí de todos modos gracias por su afectuosa paciencia.

"Sin comentarios".
Tito Manfred.

sábado, febrero 25, 2006 

Comunicado de prensa

Por un instante me creí libre al fin del tormento de innombrables recuerdos, e incluso vislumbré a lo lejos algo semejante a la felicidad. Demasiado pronto aullé los agridulces sones del olvido. Demasiado pronto, pues la vida, siempre tan rauda y giratoria, me tenía preparado renovado padecimiento.
Lo más hermoso de todo esto es que vi aproximarse el dolor y no lo eludí, y me sentí más bello y humano que nunca. Y forniqué con el sufrimiento, agradecido de que los dioses hubiesen hecho oídos sordos a mi súplica de hace unos días atrás. Y me ruboricé, pues me sentí cerca, muy cerca, de convertirme en aquél que un día soñé ser.
He sido condenado a una nueva temporada en el infierno. Quizás esto sea lo último que escriba durante un buen tiempo. Que la preocupación no los asalte; yo estaré bien. Nada malo me ha de suceder. Porque sufro, existo. Ya lo deberían de saber a esta altura.
Alégrense por mi bendita mala fortuna. Hagan una fiesta y brinden en mi nombre. Hoy lloro para mañana reír.

"¿Ves ese largo camino pedregoso? Es el que conduce a la felicidad".
Tito Manfred.

sábado, febrero 18, 2006 

Súplica de un vencido (no necesariamente yo)

Alguna vez fui frío e indolente, ¿saben? Un cerdo intelectualoide que se revolcaba razonablemente dichoso en el cinismo. Metálica nostalgia me asalta y estremece mis estructuras injertadas de carne. Qué días aquellos en que no sufría estos ataques de asma inexplicables fisiológicamente. Qué días aquellos en que la luna no me prometía divinas perturbaciones en mi andar. Hoy más que nunca recuerdo y añoro a ese sujeto que sólo amaba su reflejo en la imaginaria escarcha matinal. Qué liviana la cruz que cargaba. Yo quiero esa cruz sobre mi espalda. La mía pesa veintidós siglos y varios miles de kilómetros, y se me incrusta en la piel tostada, en la carne nunca bautizada. Duele. Duele. Duele. Yo quiero esa cruz sobre mi espalda, esa ridícula cruz de bolsillo, esa cruz fabricada a la medida de contemporáneos espíritus, esa diminuta cruz de gélido hombre gélido.
Y sí, al decir todo esto me estoy dando por vencido. Renuncio a mi reencarnación romántica. Renuncio al candor de mis ideales adoptivos. Renuncio al néctar embriagador. Renuncio a la felicidad mitológica. Y así, renuncio a tantas otras cosas.
Sé que firmé un contrato especial de arriendo y que no puedo darle fin unilateralmente. Pero tan sólo mírenme, dioses impertérritos, y apiádense de mí. Estoy desapareciendo y soy una triste figura. Nadie me alimenta (como quiero que me alimenten). Me consumo a mí mismo, pero ya no es amor propio. Me apago en el fulgor de los sentimientos. Mi existencia es ya tan tenue. Pero estoy vivo aún. Estoy vivo porque muero, porque siento cómo la vida, lo que debería ser la vida, se aleja de mí a la velocidad de la luz de aquella lámpara que jamás conocí. Y estoy desapareciendo y soy una triste figura.
Tomen, herméticos dioses, aquí está el corazón enorme que arrendé, este corazón de absurdas dimensiones que comienza en mi pecho y me atraviesa la espalda, este corazón que es mi cruz. ¡Cómo no me di cuenta antes! Mi pecho es tan pequeño. Nunca di la talla. Ay, qué pretencioso fui. Divinidades taiwanesas, mi cuerpo no resistirá un día más con este gigantesco y decimonónico cuore en el enjuto pecho, sobre la débil espalda. Siento que tan sólo una palabra, un gesto me podría matar. Si al menos muriese a causa de una palabra que acaricie (y debidamente hiera), un gesto de amor (desmedido). Pero no, eso no va a ocurrir. Sé que el pálido desengaño me asesinará mañana. ¿Me oyeron? Mañana, cuando el vanidoso sol inicie su temprano acto de exhibicionismo. ¿Entienden ahora? Por lo que más quieran, manufacturados dioses en oferta, acepten que les devuelva este corazón de absurdas dimensiones, que yo no doy la talla. Sé que comprenden mi agónico desespero, el porqué de mi descenso a los infiernos de la imploración. ¿Ya les dije que alguna vez fui frío e indolente? Pues, sí, lo fui. ¿Y saben algo? Sentía menos (la sangre galopando violentamente por mis venas). Sufría menos (los embates del dulce fervor). Una vez más, divinidades de porcelana: permítanme retornarles esta tragedia de carne que palpita desgarramientos. Quiero volver a la comodidad de los témpanos de antaño. Vivir sensato y anestesiado, sin delirios de fe ni anhelada fiebre. Emular la existencia de los bellos androides que respiran al compás de la sinapsis. Y debe ser pronto, magno gabinete demencial; antes de que este océano de desairados sentimientos que ruge a dos metros de mí me abrace con fiera ternura y me arrastre hasta sus profundidades, a una muerte de otro tiempo.
¿De mis ojos, ven el abatimiento? Sí, estoy vencido. ¿Sembradas en el suelo, ven mis rodillas? Pues, sí; un suplicante, eso es lo que soy.

"Que la razón se limite a atar zapatos y a abrir latas de conserva, buen amigo".
Tito Manfred.

martes, febrero 14, 2006 

Mi parte del trato

Hace ya más de sesenta ocasos que tú renunciaste a mí. En honor a la simetría y a los formalismos de rigor, soy yo ahora quien abandona esta embarcación ya sumergida, ya rescatada de las profundidades oceánicas, ya instalada en un bello museo, ya dispuesta para la simple evocación.
Y en este preciso instante tomo mi lápiz y comienzo a dibujar mi punto final con postreras cinco letras y un paréntesis: te amé (demasiado).

"Hay canciones que no mienten".
Tito Manfred.

martes, febrero 07, 2006 

La inconveniencia de tener una pequeña filial de Michelin en el abdomen

A veces, sobre todo cuando estoy con el torso desnudo, en el intento de subirme los pantalones que siento un poco caídos, jalo fuertemente hacia arriba el incipiente “rollo” que rodea mi abdomen, creyéndolo mi cinturón de cuero. No en pocas oportunidades esta operación, que claramente es un equívoco, me ha producido dolencias en la zona abdominal. A raíz de esta compleja situación que me aqueja desde que adopté la pésima costumbre de cenar por las noches, me he visto sumergido en hondas cavilaciones que me han permitido avizorar sólo una solución viable: no rebelarme ni de broma contra la caída del pantalón.

"La banalidad es la mejor medicina para días funestos como éste".
Tito Manfred.

martes, enero 31, 2006 

Edificaciones tortuosas del tipo laberinto

Si bien nunca ha pasado por alguna escuela de arquitectura, el señor V. es un experto en lo que a diseño de edificaciones tortuosas se refiere. Tampoco ha estudiado ingeniería civil ni tiene en las manos la callosidad tan propia de los obreros de la construcción; sin embargo, ya son innumerables los diseños de edificaciones tortuosas que el señor V. ha levantado y convertido en realidades relativamente materiales. La especialidad de la casa, según dice el mismo señor V., son los laberintos; de entre todos los tipos de edificaciones tortuosas que construye, éstos son los que mejor le resultan y los que más disfruta haciendo. Cómo no, si el mayor goce para el señor V. lo constituye el dolor, y vaya si levantar -y luego habitar- un portento de aquellos, es una mortificante aventura, una experiencia de mil padecimientos.
Los laberintos del señor V. no son comunes y silvestres. Están muy lejos de parecerse a aquél que vimos en El Resplandor, de Stanley Kubrick, o al destino mismo, cuyo oscuro sendero induce al error de creerlo laberíntico cuando en verdad es insoslayablemente lineal. Tampoco se asemejan en lo más mínimo a los laberintos que ustedes se están imaginando en este preciso instante. No, en verdad que no podrían estar más lejos vuestros tímidos esbozos mentales. En virtud de que el régimen totalitarista del tirano idiotizante ha limitado severamente la cantidad de abstracciones permitidas por día a los ciudadanos occidentales y occidentalizados, seré explícito y simplificador: los laberintos del señor V. se diferencian del resto por no contar con salidas, ni de urgencia ni de las regulares. Para conseguir tal toque de distinción, el señor V. se ve obligado (en realidad lo hace de muy buena gana) a construir sus laberintos desde adentro. Una vez que los termina ya no hay forma de que salga por sí mismo de su peculiar y unipersonal calabozo caótico. Dicen las lenguas (ni buenas ni malas) que siempre que finaliza la construcción de una edificación tortuosa del tipo laberinto, y se halla, como en tantas otras oportunidades, sin escapatoria (escapatoria que ni siquiera se molesta en buscar), se pueden oír sus jubilosos alaridos. Sea o no esto cierto (la verdad es que lo es), el solo hecho de que se encierre en sus manufacturados laberintos sin salida, hace al señor V. un tipo singular.
(Diversos estudios publicados en las más prestigiosas revistas de psiquiatría del mundo entero, han coincidido –con los esperables matices ideológicos en cada uno de ellos– en señalar que el señor V. es un hombre complejo. Vaya descubrimiento... ¡Claro que es un hombre complejo! No se requieren patrañerías científicas para llegar a esa conclusión; el sujeto es ducho en la construcción de edificaciones tortuosas del tipo laberinto, ¿no?).
Siempre se ha especulado con que el señor V. sólo es feliz cuando está enclaustrado en sus sinuosas estructuras. Puras especulaciones, ya que, obviamente, nadie ha sido testigo presencial de su felicidad al interior de alguno de sus laberintos. Nadie, excepto yo, el narrador omnisciente. Sin embargo, debo reconocer que los especuladores, pese a las dificultades que impone el muy lamentable hecho de no ser ni narrador omnisciente ni testigo presencial de la vida del señor V. al interior de su construcción relativamente material, están en lo cierto cuando señalan –quizás con cierto desprecio– que el señor V. sólo advierte la intimidante presencia de la felicidad cuando se halla sometido a la desgracia de la reclusión autoimpuesta. Quizás peque de optimista, pero confío en que ustedes llegarían a la misma deducción si estuvieran en conocimiento de este curiosísimo dato: durante aquellas serenas y amargas temporadas en que ha disfrutado a duras penas de la libertad des-laberíntica, nadie jamás lo ha visto reír o, al menos, dibujar tenuemente en su rostro un sucedáneo de sonrisa que permita intuir siquiera un leve atisbo de dicha existencial. Además, es lógico pensar que si se dedica con tanto esmero a sus faenas constructoras, es porque en ello encuentra el feliz desasosiego que no halla en los espacios abiertos y desdramatizados, libres de ingenios de tormento.
Dentro del autoflagelante inmueble, el señor V. se dedica tan sólo a recorrer minuciosamente uno a uno los traviesos conductos que, defraudando el prestigio y la honra de sus familias, no conducen a ninguna parte. Pese a que esta inconducente situación ya es conocida de antemano por él, nuestro protagonista, en un acto –por decir lo menos– inexplicable, se deja sumergir con destemplada desesperación en el espontáneo mar de Angustia que ha emergido desde el sistema de alcantarillado del laberinto. Así las cosas, el señor V. vuelve (y vuelve, y vuelve, y vuelve...) a recorrer con primermundista meticulosidad cada uno de los inoperantes conductos laberínticos. Ah, claro que esta vez a nado. ¿Qué?... ¿Qué pienso del señor V.? Pienso que él sólo es feliz al interior de una de sus edificaciones tortuosas del tipo laberinto.
De todo este asunto de los laberintos, lo único que entristece al señor V. es la firme certidumbre de que la prolongación de su felicidad no depende de él y sus manos constructoras de edificaciones tortuosas del tipo laberinto, sino que de la ajena, realista, pragmática y siniestra boca destructora de edificaciones tortuosas del tipo laberinto, de turno. Basta con que la boca diga: "Vislumbro que el mecanismo de aire que hemos implementado no va a rendir los frutos esperados", o: "Debemos someternos a la fría realidad de los hechos, que no indican otra cosa que la necesidad de dar fin cuanto antes a esta organización sin norte", para que el ingenio de tormentos se venga abajo (¿qué perversas fuerzas demoledoras entrañan estas fórmulas orales? Es un misterio). Cuando ocurre esto, el señor V. llora como un niño no llorón y se arroja sobre las ruinas relativamente materiales para intentar rearmar el laberinto como si se tratase de un rompecabezas literal. Fracasa. Indigno hasta la médula, le ruega a la persona dueña de la boca destructora de edificaciones tortuosas del tipo laberinto, que entre ambos emprendan la construcción de un nuevo juguete de cemento. "Si así lo quieres, haz tú el diseño. Si así lo quieres, levantaremos una edificación no tortuosa", suplica el triste hombrezuelo. Pero la dañina boca correspondiente a la temporada se limita a articular la siguiente sentencia precocida: "Todos los informes dan cuenta de su escasa versatilidad". Dicho esto, la persona dueña de la boca da mecánica media vuelta y se retira a moderada velocidad del lugar en que hasta hace un rato atrás se alzaba perturbadora y trepidante una edificación tortuosa del tipo laberinto.
Cada vez que se repite la triste secuencia que acabo de narrar, el señor V. se pregunta si recobrará algún día la respiración entrecortada por presencia, los espasmos por ausencia, el delirio justificado, la dulce autotortura, la sensación de dominio y pertenencia simultánea; en fin, todo el cuadro clínico que exige el Colegio de Constructores de Edificaciones Tortuosas del Tipo Laberinto a cada uno de sus colegiados. La respuesta es más que obvia. A lo lejos veo al señor V. acarrear cemento a un empinado emplazamiento. Demasiado empinado, digo yo.

"Ay, si tan sólo quisieras construir una apasible casa en la pradera".
Tito Manfred.

jueves, enero 26, 2006 

Tres medidas severas para escribir como Julio Cortázar y no sufrir los padecimientos propios de la envidia enconada

Hace unos días atrás, leyendo a este señor Cortázar –que, como todos saben, nunca narró por escrito algo en lo que tuvieran una participación relevante las mitocondrias– llegué a una conclusión nada alentadora: jamás escribiré como él (es decir, rematadamente bien). Esto me provocó una honda desolación, sentimiento que prontamente mudaría por el de la más enconada envidia. Presa de esta nada recomendable bacteria que devora el amor propio y, en algunas épocas del año, el ajeno, me sugerí a mí mismo planear un cortazaricidio, es decir, el asesinato de un Cortázar. Específicamente, el asesinato de Cortázar, Julio. En dos minutos el plan estuvo absolutamente armado y atado con firmeza (los cabos sueltos me producen salpullidos subcutáneos): viajaría hasta París, Francia; una vez en esta ciudad, buscaría un centro de llamados atendido por un hispano no clarividente (no parlo francés ni deseaba que mis planes fueran abortados por un hispano soplón capaz de anticipar crímenes), en donde conseguiría una guía telefónica que me indicaría la dirección de la residencia del señor Cortázar, Julio, a quien admiro insoportablemente (consabida razón de mi plan cortazaricida); ya con el requerido dato en mis manos, partiría al hogar de este muy respetable escritor trasandino que no vive tras Los Andes, quien luego de abrirme la puerta, previo toque de timbre de parte mía, sería ultimado por mi persona de alguna forma que yo improvisaría en el momento. Tres simples pasos que me librarían del problema bacteriológico en que me tiene sumido la envidia enconada. Pero, haciendo la vida una vez más gala de su inalienable y oficiosa injusticia, me vine a enterar -cuando ya había comprado los últimos pasajes del último viaje transoceánico del último Concorde, que me llevarían a la ciudad de Edith Piaf (no tengo idea de quién es esta señora, pero es lo que se dice en estos casos)- de que Cortázar, Julio hacía años atrás que yacía muerto en algún cementerio parisino, bonaerense o antártico. Lo extraño de todo esto es que, hasta antes de ser asaltado por la envidia enconada, yo siempre supe que Cortázar, Julio había muerto el año 1984. Sin embargo, todo tiene una explicación: es de dominio público que los accesos de envidia enconada causan en el afectado el olvido de la condición de cuepedés de los objetos de su envidia enconada.
Por fortuna, cuando sané de mi delirio cortazaricida y recobré la cordura y moderación propia de un des-dotado de talento como yo, tomé la firme resolución de no dejarme avasallar una vez más por los encantos esquizoides de la envidia enconada. Para ello, adoptaré medidas severas con el fin de llegar a escribir algún día como Cortázar, Julio y no sufrir nunca más el flagelo de la envidia enconada. La primera medida consiste en dejar de escribir...

[Una vez que, felizmente, el mediocre autor de las líneas precedentes se alejó del teclado de su computador, continuó con la segunda medida severa conducente a escribir algún día como Julio Cortázar: pegarse un tiro en la sien. Según me han contado otros mediocres, la tercera y última medida severa consistiría en apuntar su nombre (desconozco cuál es) en la lista de espera de los suicidas esperanzados con la idea de llegar a ser la próxima reencarnación del irreencarnable Cortázar, Julio –como le gustaba llamarlo el último mediocre de la lista de espera–].

"Rayueló la papa mi tío".
Tito Manfred.

lunes, enero 23, 2006 

Manual para suicidas sublimes


(NO PARA CUALQUIERA)

PROLEGÓMENO


Me cuesta imaginar una acción humana más hermosa que el suicidio (quizás, y sólo quizás, el alumbramiento sea un acto que lo supere en belleza). La idea de la autoeliminación es poesía para mi espíritu. ¿Por qué me miran así? Les aclaro que no tengo ninguna fisura en el cerebro ni hablo desde la melancolía y la desolación (mis únicas compañeras fieles, pero que no incidieron en mí en lo absoluto a la hora de darme a la tarea de confeccionar un "instructivo del buen morir por la propia mano"). Simplemente me resulta placentera la imagen de autosuministrarse el fin. Es un goce que trasciende lo puramente estético y soslaya lo tradicionalmente ético. Veo que las miradas de desaprobación persisten, así que presten atención: tan sólo les pediré que sepan superar la burguesa repulsa inicial que provoca en la "gente civilizada" el concepto de "suicidio". Traspasada esa barrera acontece el milagro: razón y vísceras fornican (en verdad, las viriles vísceras ultrajan a la tímida razón) y conciben la verdad: el intrínseco absurdo de la condición humana (vamos por buen camino si te ha producido risa la extemporaneidad de mi "revelación"). Ante esta oscura certidumbre, los espíritus excelsos (esas dulces criaturas irresponsables) terminan por abrazar el ideal autoceromultiplicador como el más feliz mutis en esta cruel tragicomedia del sinsentido [vaya si Dios (o su ausencia) es el más perverso de los dramaturgos]. Alabado seas si ya perteneces al diestro grupo que logró saltar la valla que impone la nefasta intelectualidad contemporánea y de todos los tiempos. Si no, te invito a que dejes de leer estas letras y te vayas a reposar sobre tus heces racionales a la espera de que el telón lo cierre una mano extraña.
Al fin, queridos camaradas, podemos comunicarnos con total libertad, sin temor a herir susceptibilidades; ya hemos perdido de vista a los intrusos apologistas de la Administración Externa que, haciendo caso omiso a la advertencia contenida al inicio de este escrito, osaron leer palabras que no son para cualquiera. Ahora, díganme, dulces criaturas irresponsables, ¿quién desea morir de viejo?, ¿quién quiere vivir regido y subyugado al reloj cósmico?... Me deleita su silencio. ¿Qué hay de mí? Bueno, como han de suponer, yo planeo atentar contra mí mismo y morir joven. Agrego más: deseo que quienes me querían lloren rabiosamente por mi desgracia, que quienes me amaban (las pretensiones mías...) renieguen del Creador (la rebeldía contra el Señor, tal será el regalo de occiso que les obsequiaré). No quiero morir en una cama acompañado de mujer, hijos y nietos, quiero extinguirme en soledad (creo que debe haber concordancia entre los caracteres de mi perecer y mi existir), en una tina, con un vaso de Fanta en una mano y una navaja en la otra. Quiero jugar a ser relojero. Me importa un bledo quién haya estado a cargo de la Creación; la Destrucción es obra mía. Al fin Dios y yo tendremos el mismo status: Él no existirá y yo tampoco.
Sepan disculpar que, como tantas otras veces, me haya extraviado en la autorreferencia. Prometo no volver a hacerlo en este texto. Prometo no hacerlo demasiadas veces. Sin perder más tiempo, vayamos de una vez al grano.

MANOS A LA GRAN OBRA

Lo primero que debe tener en claro un potencial suicida es que no debe retardar en demasía la ubicación temporal de la autoeliminación. En otras palabras, es primordial que el suicidio se ejecute en la juventud o, al menos, mediana adultez de la persona. La razón: el suicidio de un anciano es un atentado a la estética, un mal chiste, dado que acortar la propia vida cuando ya está a punto de apagarse, es de una tibieza absurda. De más está señalar que el suicidio de un infante es una aberración, por cuanto éste carece de la suficiente conciencia que se requiere para disfrutar, saborear el acto autoaniquilador. Es un desperdicio. En consecuencia, si piensas restarte de este "mal montaje", hazlo lo más pronto posible, hoy o mañana, siempre y cuando ya no seas un niño ni la decrepitud asalte tus ojos y tu frente. Dicho de otro modo, no te precipites ni te retardes, la "dulce evasión" se sirve a media cocción, para que duela y tenga sabor.
Otro aspecto a considerar es el de la carta de despedida. Lo cierto es que me parece una idiotez descomunal el hecho de dejarle a la familia, a la pareja o a los amigos, un "folleto explicativo" de los motivos que inspiraron la acción suicida. ¿Por qué? Sencillamente porque el absurdo existencial (la razón abstractísima por la cual la autoeliminación asoma como la única vía incorrupta para los suicidas sublimes) está sustentado, en gran parte, por una peste que no conoce ni principio ni fin: la insalvable incomunicación humana. Si me mato porque nadie jamás fue capaz de entenderme y así rescatarme de las fauces de la hambrienta soledad, ¿no será un despropósito "comunicar" a mis seres queridos las razones de mi "partida anticipada"? (reconozco que el problema de la incomunicación es de índole metafísico y que, por ende, en las personas no radica la culpa, pero tampoco es que ayuden mucho a combatir el flagelo). Demasiado premio para unos perfectos extraños. Que la duda los consuma, digo yo. "Que un gigantesco signo de interrogación les aplaste", dice alguien a lo lejos.
Prosiguiendo con el instructivo, es menester que el suicidio se respalde no sólo en problemas de elevada abstracción (alienación, soledad ontológica, incomunicación), ya que, de lo contrario, se corre el serio peligro de pasar a formar parte de la clase más nefasta de suicida: el intelectual. Los suicidas sublimes menosprecian a los intelectuales, esperpentos humanos de espíritus enjutos. Los suicidas sublimes están, consciente o inconscientemente, enterados del absurdo existencial, pero este conocimiento no les basta si sólo es una deducción racional y no se apoya en una comprobación empírica (detesto el empirismo, pero debo reconocer que en este caso es necesario). En otras palabras, son los sinsentidos concretos los que determinan la decisión de un suicida sublime de matarse. Eso sí, no todos estos hechos son admisibles como móvil para la autoeliminación, sobre todo cuando se relacionan directamente con el chato mundo material. A modo de ejemplo, existen pocos suicidios más grotescos que el originado por un despido laboral (me parece más estética y digna la muerte a tiros policiales de un cesante convertido en asaltante de bancos). En cuanto a los suicidios de causa admisible, no existe, desde mi particular perspectiva, un mejor motivo para suicidarse que el amor en cualquiera de sus malas realizaciones (el espíritu romántico-trágico me persigue, me acosa, me posee). Sea como sea, un suicida sublime jamás emergerá de circunstancias burdas; un suicida sublime constata en sus tragedias personales el abrumante vacío que "colma" la existencia; un suicida sublime es, ante todo, un perdedor avasallado por la Ridiculez; un suicida sublime es un idealista que, evidentemente, reniega de las cosas, pero que a la vez ha sido desbaratado por el cruel hermetismo de la Idea.
Una última recomendación que debo hacer a los futuros suicidas (por ahora, ya que espero volver a tratar el tema), tiene que ver con el acto en sí, por cuanto no da lo mismo la forma en que se acomete contra uno mismo. Primeramente, para que el escupitajo a la vida resuene con lacerante nitidez, no deben quedar dudas de que el suicidio fue tal y no obra de terceros o del puto azar. En segundo lugar, la ejecución del acto requiere necesariamente de una cuidada ritualidad, dada la obvia trascendencia del evento. Y en tercer lugar, en el acto suicida se debe hacer honor a la intrínseca belleza que habita en la esencia de la autoeliminación. Personalmente, los suicidios por corte de venas y por ahorcamiento son los que más me atraen estéticamente. En cambio, el suicidio por envenenamiento me parece vulgar e innecesariamente doloroso. De todas formas, en gustos no hay nada escrito, ni siquiera en lo que a suicidios respecta.
Finalmente, no me queda más que desear estérilmente que este breve y propedéutico manual para suicidas sublimes, sea de utilidad para aquellas dulces criaturas irresponsables que, con toda seguridad, no me leen y que, por lo tanto, nunca sabrán de la existencia de este bien intencionado esfuerzo literario.

Nota: Un suicida sublime actúa de acuerdo a lo que le dictan las tripas; un suicida sublime no reflexiona, simplemente se "borra"; un suicida sublime, definitivamente, no sigue instructivos.

"En el suicidio reside una bella y siniestra paradoja que prefiero obviar".
Tito Manfred.

domingo, enero 22, 2006 

Trece más

1.- No habitúo dormir con almohada; me incomoda.

2.- No habitúo dejar de jugar con los subtítulos de las películas, descomponerlos, hacer con ellos malabares matemáticos, contar y detallar la cantidad de agudas, graves y esdrújulas, etc.

3.- No habitúo soñar dormido.

4.- No habitúo leer un solo libro a la vez (tres a lo menos).

5.- No habitúo olvidar mi terapia diaria de relajación que consiste en comportarme como idiota o retrasado mental por algunos minutos.

6.- Por extraño que parezca, no habitúo hablar con cineastas del expresionismo alemán o con peluqueros mapuches gays.

7.- No habitúo no desayunar un plato de avena Quaker con leche; así no pierdo tiempo pensando con qué matar el ayuno.

8.- No habitúo sostener conversaciones telefónicas que se prolonguen por más de dos minutos, dado que odio el teléfono. Se podría decir que soy un telegrama sonoro, pero al menos sé cuándo suprimir la fobia momentáneamente.

9.- No habitúo reprimir algunas manifestaciones específicas de mi crueldad, las que no revelaré por temor a ser condenado al repudio público.

10.- No habitúo ser un buen hermeneuta (no me canso de malinterpretar las cosas).

11.- No habitúo controlar mis celos (mis celos habitúan controlarme). No habitúo no enfermar de celos. No habitúo ser razonable en lo que respecta a los celos. No habitúo no querer desollarme a causa de los celos. (Estoy enfermo).

12.- No habitúo dejar de hacer mil conjeturas desfavorables, mil deducciones ojalá erradas, mil terribles "pasadas de películas", mil devastadoras novelas, mil diálogos ficticios en que se siembra la traición, mil escenas que me destruyen en mil pedazos; todo en mi cabeza. (Hoy no me soporto).

13.- No habitúo callar lo que opino de mí mismo: soy nocivo y es mejor tenerme lejos.

"No habitúo cantar bajo la lluvia porque aquí no llueve".
Tito Manfred.

miércoles, enero 18, 2006 

Ocho extraños no-hábitos

1.- No habitúo leer los libros con la rapidez que quisiera, ya que acostumbro perder el tiempo leyendo obsesivamente una y otra vez una misma línea.

2.- No habitúo no sentirme miserable durante al menos 12 horas del día (considérese que duermo 7 horas diarias).

3.- No habitúo, por nada del mundo, desatender la exquisita simetría en la disposición del televisor sobre el rack.

4.- No habitúo buscar la simetría amorosa, la reciprocidad sentimental, el justo balance en el querer.

5.- No habitúo no hacer coincidir el número de barras de volumen del televisor con mi edad actual.

6.- No habitúo ir al centro de la ciudad porque sufro pánico y fobia por los lugares públicos y las aglomeraciones humanas.

7.- No habitúo no sentirme amedrentado y asqueado por los seres aparentemente humanos (estoy convencido de que las apariencias engañan y que las bestias se transfiguran en personas) que caminan con absurda y ridícula prisa por las céntricas avenidas, por lo que casi siempre opto por acelerar mis pasos para huir lo más prontamente posible de esa fauna de humanoides rudimentarios con ínfulas de gente de mundo.

8.- Finalmente, no habitúo simplificar mi existencia, pese a que todo parece indicar que estoy solo en este afán complicador.

"Alguien dijo por ahí que la belleza estaba en la simpleza. Por suerte, no habitúo prestar atención a los necios".
Tito Manfred.

lunes, enero 16, 2006 

RECONSTRUCCIÓN DE UN AMOR

El narrador omnisciente me lo advirtió al inicio, demonios, me dijo que aunque se trate de una película, de una reconstrucción, de una arbitraria interpretación, de un artificio, en fin, de una ficticia ficción ficcionada por quién sabe quién, aun así duele. Como he terminado por no temerle al dolor, como es ese mismo dolor la bendita prueba de que no estoy soñando, no vacilé en ver la película con la firme expectativa de que me doliera hasta el interior interno de los huesos óseos. Pero nadie me avisó de que, además de dolerme, Reconstrucción de un Amor me enfermaría gravemente.
Metaclínicamente hablando, la enfermedad, conocida por el nombre de "inflamación morbosa del deseo amatorio ideal" (no contemplada aún en el plan AUGE), consiste en un desgarramiento del corazón metafórico, desgarramiento originado por la severa angustia que provoca en el espectador romántico-melancólico el deseo –la mayoría de las veces– yermo de amar y ser amado con violencia y sin premeditación (¿quién habrá sido el idiota que inventó aquello de que el amor es un proceso? No, huevón, el amor es un accidente y los accidentes ocurren en un segundo). Los síntomas más recurrentes en quienes padecemos esta singular enfermedad, son: constantes cuadros de ansiedad y desasosiego, crueles despertares en medio de la noche mezquina, cruda desolación al descubrirse durmiendo en la más rotunda soledad, anemia literaria, enmudecimiento de la razón, extravío de la mirada, etcétera.
De más está decir que lo más recomendable es que no vean Reconstrucción de un Amor (título original: Reconstruction), ya que corren el serio peligro de que se les inflame morbosamente el deseo amatorio ideal. Hecha ya la advertencia, no me hago responsable si algún audaz romántico-melancólico, haciendo caso omiso a mi recomendación, ve la película en cuestión, enfermándose de gravedad.
Sé que pedirle a la gente más cerebral que tiene el mal gusto de leerme, que entienda mi afección, sería exigir demasiado a su sagrada racionalidad, por tanto no lo haré. Después de todo, las extravagancias (y enfermarse por un filme es una extravagancia) no fueron inventadas para ser comprendidas, sino sólo para ser divulgadas en la sección de "noticias curiosas" de los periódicos. Así y todo, se me antoja que la idea de dejarlo todo por una perfecta desconocida a la que amas con desespero, y frases imperecederas dichas en la cama, tales como: "porque tú eres mi sueño y yo soy el tuyo", pueden enfermar a cualquiera, no sólo a románticos terminales como yo.

"No me hables de reconstruir, que yo sólo quiero construir".
Tito Manfred.

martes, enero 10, 2006 

El señor V.

Misteriosamente, hace unas semanas atrás llegaron a mis manos los cuadernos de un tal señor V. En ellos encontré: contradictorios aforismos, malos poemas, breves ensayos políticos, epístolas irresponsables, memorias evidentemente ficticias, memorias aparentemente reales, escupitajos verbales, alegatos irracionales, cuentos autocomplacientes (la mayoría inconclusos), diatribas masturbatorias, y una pila de ideas dispersas. A juzgar por algunos datos que pude extraer de estas hojas perdidas, el señor V. es un pretencioso joven devoto a Kafka y, por sobre todo, a las mentiras (intuyo un sublime y gigantesco castillo de falacias en sus letras). (No me siento muy bien...).
Discúlpenme si me torno excesivamente coloquial, pero este huevón es un ególatra de mierda. Lo peor es que tiene razones para serlo: sus letras son infinitamente superiores a las mías (incluso su mediocre poesía es mejor que mis bien formados versos), lo que resulta humillante para mí si consideramos que él escribe desde las alturas y lo hace sin perder jamás el equilibrio.
Sí, sin duda que lo odio. Desde que comencé a leer con asombro y dolorosa admiración sus escritos, me propuse odiarlo con ahínco y dedicación. Hay noches en que lloro desesperadamente o vomito con furia. Ese hijo de puta tiene la culpa; su inconsciente talento me resulta obsceno, desmedido. Lo curioso es que mientras más lo odio y más náuseas me produce, más quiero saber de él leyendo y diseccionando sus manuscritos. No me malinterpreten, pero a veces me pregunto si no estaré enamorándome de él.
Ahora me despido, porque tengo la extraña sensación de que el señor V. me espía, que está más cerca de lo que yo creo. El otro día soñé que lo conocía de siempre. Qué absurdo.

"El señor V. es mi ídolo".
Tito Manfred.

martes, enero 03, 2006 

CARTAS FICTICIAS: A ti (sí, a ti)

AMI:

Antes que nada, por favor, no te asustes (recurrente frase; ya he perdido la cuenta de las veces que te he pedido que no le temas a mis palabras) cuando te des cuenta de que a ti es a quien arrojo estas torpes letras. Repito: no te asustes, no tengas miedo de lo comprometedor que pueda llegar a ser lo que leerás a continuación (en realidad no lo es tanto, porque todo lo que diré acá creo que, de una u otra forma, ya te lo he dicho). Además, después de todo, soy yo quien debería estar aterrado en este momento. Soy yo quien te dedica estas palabras, soy yo quien a través de esta carta compromete sus sentimientos (se justa y no me preguntes cuáles). No quiero parecer reiterativo, pero por lo que más quieras, no te asustes. No creas que te pongo en una situación incómoda, que esperaré de ti algún tipo de declaración. No. Lo más probable es que lo que sea que tú sientas por mí, no se acerque a lo que sea que yo siento por ti, pero eso no es algo que me preocupe en este instante. Soy una mala persona, soy egoísta, y lo único que me importa hoy es que me hagas sentir bien con tu existencia. Obviamente, me haría muy feliz saber que mi paupérrimo ser tiene alguna relevancia especial para ti, pero por mientras me conformo con que me tengas presente en tu memoria.
Hoy y mañana pensaré en ti para alegrar con tu imagen estos días mezquinos en alegrías. También lo haré pasado mañana y en los días subsiguientes, si es que no tengo noticias de ti. Pero debes saber que a veces proyectarte en mi mente no basta. Claro que no, cómo diablos podría bastar. Necesito saber de ti, hablarte, que me hables. No es mi intención robarte tus expresiones y darles un nuevo significado, pero eres "justa y necesaria" para mí. Una vez más: no te asustes.
Tal vez esta carta sea otro de mis numerables errores (999.999 en total), pero me prometí hace poco (hace dos minutos atrás, para ser más preciso) nunca más concebir palabras para luego abortarlas y archivarlas en aquel lugar al que suelen acudir los arrepentidos. Espero llegar a fin de año como el más excelso de los temerarios, deseo estar al borde de la estupidez crónica, quiero decir las cosas sin pensarlas demasiado. Bueno, recién estamos en enero, así que esta misiva la he meditado un poco. No mucho, pero algo.
Por favor, no vayas a dudar de mí, ni a pensar que este acto no es más que un artificio. No es así. De hecho, no fui yo quien te invitó a alojar en mi cabeza; sin querer, fuiste tú quien abrió un forado en mi cráneo y se instaló sin previo aviso en los dominios de mi conciencia. Claro, admito que pude haber llamado a la fuerza pública, pero preferí dejarte habitar en mi propiedad, seducido por tu maravilloso ser.
Quizás pienses que lo que siento es producto de mis carencias, aquellas que tú ya conoces. Quizás sospeches que la inmensa pena que me produjo mi última desilusión amorosa me lleva ahora a tratar de olvidar el dolor mediante la idealización de lo que nos une. Quizás creas que la soledad que me golpea a diario ejerce algún tipo de presión sobre mí, obligándome a buscar desesperadamente a la mujer valiente que trate de entenderme. Bueno, te pido que si te asalta alguna de esas desconfianzas, la rechaces inmediatamente. Créeme a mí, no al psicoanalista que no tengo. Pero, aun en el caso de que este inexistente gilipollas freudiano estuviese en lo cierto, que en efecto lo que siento por ti responda sólo a mi particular condición de sujeto atribulado por las tragedias y seudotragedias que atormentan su vida, ¿la exploración romántica no es acaso la búsqueda de aquello que nos falta, no es acaso un consuelo a toda la miseria que, en mayor o menor medida, abunda en nuestras existencias? Al menos así lo creo yo. El hecho es que me arrebatas y no me interesa indagar en el maldito porqué.
¿Qué pretendo con estas palabras? En realidad, nada, tan sólo hacerte un poco de cariño. No espero nada de ti, no es mi intención empujarte a hacer algo por mi persona; esto lo hice por mí, porque me gusta escribirte, y porque, como ya te dije, quise jugar a acariciarte con mis letras. Si la próxima vez que nos encontremos, prefieres hacerte la loca, lo entenderé. Soy el huevón más comprensivo del mundo. Digamos que es mi karma.

Adiós, AMI. Besos mil.
Pepe R.

P.D.: No te asustes, eso déjamelo a mí.

"Arrepiéntete, insensato".
Tito Manfred.

lunes, enero 02, 2006 

¿Dónde estás, 2005?

Son las 19:33 horas del día 2 de enero del año 2006, y aún no sé cómo diablos definir este sentimiento que me agobia y que no me ha abandonado desde que desperté ayer pasadas las 16:00 horas, luego de una extremadamente roncolizada celebración novoañera (ah, se me había olvidado contarles a mis, ejem, lectores más antiguos que, tras poco más de dos meses de no beber una sola gota de alcohol, hace unos días atrás puse fin a mi examen de voluntad en una fuente de soda de mala muerte, acompañado de un amigo marxista y atendido por una tan guapa como nociva chica vestida de Mamá Noel). Sea lo que sea, debo encontrar urgentemente un concepto que "embotelle" esta extraña sensación que se expande y me desgarra por dentro.
Busco en mi cabeza la palabra precisa que exprese mi angustia, pero no, no hay caso, no la hallo. Invento nuevos conceptos, pero creo que eso es hacer trampa, así que dejo de hacerlo. Yo, que siempre he considerado que poseo un vocabulario envidiable, debo admitir que estoy perdiendo la batalla léxica. Desesperado, busco en la guía telefónica el número de Thom Yorke para pedirle que me haga el favor de, una vez más, encerrar la esencia de mis alicaídos sentimientos en una melodía y un puñado de letras. Desesperado, recuerdo que Thom no vive en Arica.
Casi sin fuerzas, comienzo a buscar palabras al azar en un diccionario. Recorro a pie cada letra hasta llegar a la "N". Me sumerjo en sus vocablos y me topo con "nostalgia". Pienso que podría servir. Sí, quizás sea nostalgia lo que siento, quizás sea nostalgia por el año que partió para jamás volver (nunca deseé ser otra persona, pero hoy quisiera ser Martin McFly). Pero no, no es nostalgia lo que me hiere, porque al fin y al cabo, la añoranza es un bocado dulce y, en cambio, este sentimiento que me agobia me produce escozor en la boca.
Sin tiempo para lamentaciones (como ya les dije, la indefinición conceptual me va desgarrando progresivamente el alma), reemprendo mi viaje enciclopédico. Tropiezo con "rabia" y no me parece descabellado pensar que todo se reduzca a un simple cuadro rabioso. Tal vez se trate de rabia por lo poco democrático que es este asunto de los años. Digo "poco democrático" porque nadie se dignó a preguntarme si quería un año nuevo (vamos, pueblo y camaradas, organicémonos como antaño y asesinemos de una buena vez al dictador que nos tiraniza con putos calendarios de carnicería). Bueno, pues no lo quería, pero eso a quién le podría importar, ¿cierto? Después de todo, al resto del mundo le gusta cambiar de año como quien cambia de zapatillas. Además, es la excusa perfecta para bailar grotescamente al son del reggaeton (Mozart, por lo que más quieras, resucita y componle un réquiem a esta bazofia musical) y de otros crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, no es rabia lo que me domina. La rabia es un estado de vitalidad máxima y yo estoy sumamente abatido.
Termino de explorar la "Z" y nada. Me rindo. No me queda más que tenderme en el suelo a aguardar el fin. Pero esperen, creo tener una idea de lo que me aflige, creo haber hallado el bendito concepto que engloba mi padecimiento. Sí. Desarraigo es lo que siento. Exilio es lo que sufro.
Pese a todo, fui feliz el 2005 (¿por qué? Por un par de dulces fenómenos que experimenté y porque aprendí a no temerle al sufrimiento), pero aquello parece no haberle importado a nadie. Sin piedad alguna, pero con toda la puntualidad del mundo, me arrebataron mi año, el año que quise atesorar y vivir para siempre. Y ahora, ¿qué mierda hago con los recuerdos de un año extraviado, si odio los baúles?

"Si quieres te presto mi DeLorean".
Tito Manfred.

viernes, diciembre 30, 2005 

HORÓSCOPO PARA EL AÑO 2006


CÁNCER (21 de junio – 20 de julio).

Amor: Te enamorarás perdidamente, serás correspondido, verás el mundo con nuevos ojos, querrás ser una mejor persona, no habrá ojos para ninguna otra, harás mil sacrificios por ella, le dedicarás cada una de tus obras, te dirá "te amo" tantas veces, que terminarás creyéndole. Ah, casi lo olvido: hacia el final del año, te romperá el corazón y te querrás morir, pero supongo que sobrevivirás a aquellos días aciagos.
Dinero: Abundancia... de ceros.
Trabajo: Seguirá sin funcionar tu estrategia de buscar trabajo sentado en el sillón del living.
Estudios: Omito cualquier predicción; tu ego académico ya está lo suficientemente sobrealimentado.
Salud: Morirás el 10 de diciembre, pero resucitarás al tercer día (la muerte y la resurrección son metafóricas).

"Chucha, ¿esta huevada no será del 2005?".
Tito Manfred.

miércoles, diciembre 21, 2005 

Yo poh, el alienado

Soy un alienado. Así lo consigna mi carnet de identidad. Bajo mi nombre, en cursiva y negrita, se puede leer "alienado". De seguro el tipo del Registro Civil había leído a Hegel y vio en mí "el alma enajenada" de que hablara el filósofo alemán (esto lo acabo de sacar del diccionario de Ferrater Mora, así que no crean que conozco mayormente la obra del "dialéctico" Hegel).
Lo que no tengo claro es si tomé conciencia de mi status, antes o después de que el asunto fuera revestido de oficialidad. Sea como sea, poco importa. Lo único relevante es que tengo la certeza de que la alienación es inmanente a mí, porque aun cuando a veces me empeñe en integrarme a este extraño mundo, mis impulsos más íntimos se encargan de hacerme saber cuán ajeno me siento a casi todo cuanto me trasciende. Eso podría explicar el porqué de mi discapacitante egocentrismo, obstáculo insalvable cada vez que intento comprender a mis semejantes (qué divertido, ¿dije "semejantes"?); eso podría explicar el hecho de que la abstracción de mí mismo sea mi cálido refugio, mi personal "reposo frente a la chimenea" (chimenea que a veces es gélida y feroz hoguera); eso podría explicar mi profunda soledad, soledad de severo monocroma, soledad ontológica (aquella que no tiene remedio), soledad que no es física (la familia y los amigos decoran los espacios), soledad que abruma, soledad formalizada en mis ojos tristes, soledad psicológica (soledad real), soledad que ama la compañía de los malos pensamientos, soledad jamás autodestructiva (con torturarme a mí le basta), soledad que da malos consejos (consejos que mi cobardía o el repentino optimismo que brota de quién sabe dónde, no me han permitido seguir), soledad a la que no se le pasa gato por liebre, soledad que no es nombre de mujer (espero nunca enamorarme de una Soledad; si incluso una Soledad me deja, lo que único que queda es el suicidio), soledad que no rima con felicidad (sí con orfandad), soledad designada (quién sabe por quién) y vitalicia (hablan los hechos, no yo), soledad no benigna, soledad y la puta que la parió, soledad muda ("era muda, era muda, la mina era muda", decía una canción fuera de contexto), soledad más abstracta que figurativa (me gustaría pensar que Matta le dedicó un cuadro a mi soledad; me sentiría un poco menos... solo), soledad que (quizás) la placenta de Dios me infectó, soledad a secas...
De todos modos, y pese a la impresión que les puede haber dado el párrafo anterior, uno aprende a vivir en la enajenación (ante los dictámenes del "genoma metafísico", no queda otra que rendirse). Se aprende a sobrellevar más o menos dignamente el autoexilio del mundo. Mientras los indignos lo hacen huyendo del aterrador silencio (aquel que te permite oír con horrorosa y bella claridad lo que el espíritu sociópata te dicta) y haciéndose infelices partícipes de las bacanales que patrocina la civilización; los dignos intentamos (sí, me incluyo en este grupo, ¿y qué?) estoicamente aclimatarnos a las bajas temperaturas que se experimentan cuando se vive en el paréntesis del mundo.
Sé que jamás me sentiré completamente a gusto en este lugar (el paréntesis del mundo), pero al menos aquí las fechas "importantes" no existen, la asquerosa civilidad ha sido abolida, el idealismo es la única realidad, la política es incorrecta, el Estado soy yo, la culpa no es más que un mito cristiano, Dios es mi siervo, del amor al odio hay mil pasos, y los vecinos, además de ser de tinta y papel, son silenciosos.
A propósito de vecinos, quiero mandar un saludo a Juan Pablo, Harry, Meursault y Gregorio, mis amigos del barrio en estas tierras inhóspitas: los quiero, muchachos.
En fin, sólo me resta dejar bien en claro que mi confesión no es otra de mis poses de ególatra crónico: no me jacto de mi enajenación, la sufro. Si no me creen, váyanse a la mierda (esa sí fue pose).

"Porque sueño, yo también lo estoy".
Tito Manfred.

martes, diciembre 13, 2005 

Agua con sal

En virtud de que mañana se celebra la primera y última versión del inexistente Día Internacional del Hombre que Llora, este blog no quiere quedar al margen de tan patético evento y por lo tanto se hace partícipe presentando a continuación el sentido testimonio de un hombre joven que llora:

"Siempre fui un llorón, siempre me entregué al llanto con total desasimiento de mi dignidad y mi orgullo. Siempre supe que de mis ojos podía manar este desgraciado líquido salino que hoy vierto en una botella de vidrio con una finalidad que revelaré después. Siempre hice del llanto el amargo clímax que coronaba mi pena autoinferida (sí, porque da la impresión de que a lo largo de la puta vida que me ha tocado o que he decidido vivir, el sufrir mil penas parece ser una manifestación más de mi voluntad de cantante de bolero). Siempre escupí por los ojos agua con sal (¿recuerdan a aquel payaso que aparecía antes en la televisión y que lloraba un chorro impresionante de agua? Bueno, pues yo parezco su triste reencarnación, reencarnación que no produce risa sana, sino cruel). Siempre, aun antes de que esta mierda de sociedad tolerante (en lo irrelevante, claro está) comenzara a encontrar aceptable el llanto de un hombre (estoy llorando a gritos, y lo último que quiero de los demás es comprensión, lo último que deseo de la gente es su compasión. De hecho, agradecería que en este momento apareciera un gentil verdugo y me ajusticiara por "niñita").
"Siempre lloré, pero, sin embargo, nunca lo hice como ahora. Mientras tomo agua como camélido llorón para poder vomitar lágrimas veinticuatro horas más, recuerdo llantos pretéritos y me muero de vergüenza. Recuerdo patéticos llantos infantiles originados por derrotas de mis equipos de fútbol favoritos (la UC del ’94 y la selección de Alemania del mismo año). Recuerdo una que otra lágrima de aquel mocoso que ya comenzaba a acostumbrarse al fracaso amoroso. Recuerdo mi no tan lejana adolescencia (¿o es que aún "adolezco"?) y la humedad de mis ojos y mejillas en aquellos absurdos tiempos de "extranjero" en el mundo (vaya, si hubieses sabido entonces la suerte que correrías, el suicidio no habría sido sólo un pensamiento "sofisticado", habría sido tu feliz último puerto, buen amigo). Recuerdo, recuerdo con dolor y pudor, así como lo hacen las gentes de memoria "elefantil" (yo soy de aquellas gentes), y en el ejercicio podría revisitar los setecientos veintinueve instantes de humedad y salinidad que precedieron a este llanto actual que no cesa ni parece tener intenciones de hacerlo en el corto plazo.
"Jamás lloré como hoy, como ayer, como antes de ayer (¿cuándo fue sábado?). Jamás creí que las lágrimas se pudieran agotar, jamás pensé que se pudiera llorar aire (lo que me ha provocado un espantoso dolor de cabeza que, cual Ginzu 2000, me atraviesa de oreja a oreja). Claro, jamás amé tanto (bueno, jamás amé a secas) y jamás fui tan maltratado. Jamás imaginé que una sola persona, y sobre todo una tan dulce como tú, mi vida, pudiese hacerme tanto daño (¿no pudiste esperar a que terminara el semestre en la universidad? Me estoy muriendo y no puedo encerrarme en mi pieza a llorar tranquilo, sino que tengo que secarme los ojos, ponerme presentable ante el mundo, y verles los rostros a las malditas gentes que me rodean); siempre me creí inmune a las malas artes de una mujer, y resulté ser el más frágil de los hombres nacidos en el siglo XX. Tantos jamases ocasionados por ese 'para siempre' que hasta hace unos días atrás creí que iba a construir contigo.
"Sin darme cuenta, entre palabra y palabra mal puesta, ya completé dos docenas de botellas repletas de lágrimas. Por un instante pienso que podría ocupar el líquido salino para hacer una pileta donde poder dejar reposando mi cuerpo mientras mana de mis muñecas un líquido más digno y colorido que el agua salada, pero de inmediato recuerdo que no tengo la valentía para hacer tal cosa. Entonces, ¿qué hago? Pues lo que tenía planeado desde un comienzo: reunir mis lágrimas en una botella de vidrio (veinticuatro, en realidad) y regar mi cuerpo con ellas diariamente, con la esperanza de que broten de mí agallas, agallas con las cuales seré capaz al fin de autoflagelarme severamente (sí, quiero hacerme daño, quiero dañarme para lastimarte a ti)".

"Mátate".
Tito Manfred.

jueves, diciembre 08, 2005 

Nadie me quiere, todas me odian

Hace días atrás llegó a mis oídos el siguiente rumor: mis compañeras de curso en la universidad (no todas, obviamente, pero al parecer un buen porcentaje de ellas) me encuentran sarcástico e irónico (de más está decir que estas mujeres ven el sarcasmo y la ironía, no como simpáticas cualidades peperrománicas, sino como defectos abominables; en otras palabras, por pesado, no me "pasan").
Todo parece indicar que la animadversión que sienten estas señoritas hacia mi ingenio malicioso (supongo que la indiferencia con que las trato, mi nula galantería, mi inherente pesadez, mi involuntaria arrogancia, mis no tan involuntarios aires de superioridad, el cinismo de mi sonrisa, mi aparente frialdad, mi implacable mentalidad crítica, y la verborrea "elevada" que me caracteriza, tampoco ayudan demasiado), es la razón por la que tengo escasa "llegada" con ellas. Por fortuna, el hecho de gustarle o no a esa pila de mujeres amantes del alternativismo vacuo (¿a quién pretendes engañar con tan extravagantes prendas, mujer sencilla de ropajes no sencillos?, ¿por qué no te fijaste en mí, mujer sencilla de ropajes no sencillos? Yo te habría hecho genuinamente feliz, para luego olvidarte, como olvido todo lo simple) o del ritmo de moda (ya saben a qué me refiero, no me obliguen a contaminar mi blog, mi dulce estancia, mi Tierra Santa, escribiendo el nombre de esa música nefasta), no es algo que me quite el sueño. Para dejar bien en claro este punto, trataré de ser más violento ("¡qué bella es la violencia!", dice el más oscuro de mis yo): mis compañeras de aula son entidades, cada una en su estilo, cada una en su pose, bastante vulgares y sin personalidad (creerán que soy un misógino de la peor laya, pero, tranquilo lector feminista como yo, mis compañeros hombres, todos menos mis amigos y uno que otro no-amigo, son aún peores, son lamentables estereotipos ambulantes). Puedo entender la estrechez de mente, soportar la falta de experiencia, pero no voy a aguantar ni la vulgaridad ni la falta de personalidad.
Sí, lo sé, a esta altura les debo parecer el peor de los resentidos. No lo soy (no me costaría nada, salvo la dignidad, inventarme un personaje que se conformara con cualquier mujer, para así saciar mis bajos apetitos). "Entonces, ¿qué eres?", me pregunta la vieja "sapa" de la esquina de la rotonda. Un misántropo, le respondo (la señora Literariedad me ha dicho que es más "estética" la misantropía que el resentimiento).
Este texto está a punto de perder toda coherencia y no quiero que van Dijk me venga a penar a la noche (imposible que lo haga, en todo caso, pues el gilipollas aún vive), así que retomo el tema original de este escrito: nadie me quiere (ninguna o casi ninguna de las chicas de mi curso), todas (o la gran mayoría) me odian (les caigo mal, para no exagerar). Entre paréntesis, ¿creen que abuso de los paréntesis? (pregunta no retórica sobre mi posible exceso en el uso del paréntesis como recurso literario).
Vamos, ahora sí, coherencia, coherencia, cohesión, coherencia, cohesión, cocción, coccis, Pilar Cox, picox, coherencia, coherencia, coherencia, herencia, legado, derecho de sucesión, cohesión, cohesión, concisión, circuncisión, judaísmo, Woody Allen, Annie Hall, hall de la universidad, navidad, Dad, papá, papas Evercrist, Jesucristo, Juan Pablo Letelier, coche-bomba, Bonvallet, fascista ignorante de mierda, caca, coprofagia, cohesión, cohesión, cohesión, Sión, sionismo, istmo, golfo, archipiélago, Lagos, presidente de Chile, ají mexicano, ano, clítoris, placer, Tantra, tantas incoherencias, coherencia, coherencia, coherencia, coherencia... Y como iba diciendo, estoy seguro de que mi personalidad es lo único que mis compañeras ven de malo en mí (¡yupi!), ya que creo estar relativamente lejos (bueno, ni tanto) de ser feo (de más está decir que "mino" tampoco soy ni mucho, mucho menos) y, a su vez, ellas, en su gran mayoría, son bastante dejadas de la mano de Dios o de algún buen cirujano plástico; por lo tanto, la casi inequívoca conclusión a la que conducen los hechos es que "el repelente de féminas" es únicamente mi mentada forma de ser y nada más (acusar de lesbianismo al 100% de mis compañeras de curso sería pecar de soberbia e idiotez insalvables). De todas maneras, una parte de mí no las culpa de su rechazo (sutil, en todo caso) hacia mí: hay días en que ni yo me soporto (día por medio, para ser más preciso).
Dejando de lado las especulaciones, las hipótesis, las conclusiones antojadizas y la autoflagelación de turno, y volviendo al asunto del rumor en sí, debo reconocer que mi primera reacción al saber de la antipatía que genero yo y Mordaz (mi amigo imaginario) en algunas de mis condiscípulas, fue pensar: mejor para mí; sólo a las personas simples no les gusta la ironía, y quién quiere agradarle a gentes de esa especie. Acto seguido, le dije a mi amigo no imaginario, quien me había llegado con el rumor, que aumentaría la dosis de ironía, sarcasmo y cinismo (nadie me acusó de cínico, pero nunca está de más) para que se quejen con razón (estimo que contengo bastante mi naturaleza sociópata). Mi bien nacido amigo no comprendió el porqué de mi afán (después de todo, no sólo las mujeres no me entienden).
Más allá de lo liberador que resulta ser un mal nacido despreocupado de conquistar artificiosamente a mujeres vanas, es triste llegar al convencimiento de que me voy a morir solo. Sí, precisamente a esto quería llegar con toda la palabrería precedente: me voy a morir solo. Porque además de irónico y sarcástico (lo que no tendría que ser impedimento para morir acompañado, ya que por suerte conozco mujeres a las que les gusta mi veneno), soy egoísta, mala leche, flojo, paranoico, mezquino, hipócrita, egoísta, celoso, egocéntrico, avaro, mal amigo, arrogante, egoísta, excesivamente sentimental, hiriente, soberbio, mentiroso, pesimista, ocioso, obsesivo, egoísta, torpe, maniático, rencoroso, hipersensible tras mil corazas de témpano, neurótico, egoísta (¿es exacto hablar de egoísmo si para mí tú y yo somos uno?)... Lo único que no soy es patudo, y por lo mismo, no le podría pedir a una mujer que acompañe en su lecho de muerte a semejante mala persona. Claro, habrá temporadas en que alguna mujer optimista se arriesgue a conocerme y llegue, incluso, a amarme. Dirá que somos almas gemelas y yo, cegado como me ciego cuando amo o creo amar, le creeré. Tarde o temprano, la optimista de turno me abandonará. Habrá llevado semanas y meses enteros dándome señales de su pronto alejamiento, más que nada, para hacerme reaccionar de una vez por todas, para que le dé unos instantes de descanso a mi catálogo de espantosos defectos, para que la sepa amar (no sé, pero quiero aprender). Obviamente, como soy aturdido y distraído, no leeré los signos y, como adelanté, ella terminará abandonándome. No la culpo: ni yo me acompañaría al lecho de muerte.
Cuando el final de este artículo se aproxima, sé que el lector atento a la coherencia textual se debe preguntar qué diablos tiene que ver un estúpido e intrascendente rumor con la inapelable sentencia de que moriré recostado en el seno del más profundo abismo de soledad (o sea, solo). Mmm... Fundadas dudas tiene el lector atento. Creo que la conexión que quise establecer entre lo uno y lo otro, es artificial... No, no, no, lo he pensado mejor, y creo que la relación es lógica: partiendo de la idea de que yo no soy del gusto de la mayoría (lo que he contado sobre mis compañeras lo prueba), debo deducir que mis únicas esperanzas de no morir solo, se centran en las mujeres insólitas, en la minoría. El problema radica en que esperar que quien considere yo mi propia María Iribarne (la única capaz de soportar mi extenso catálogo de defectos), vea en mí a su propio Juan Pablo Castel, es pecar de torpe optimista.

"No te creas especial, todos nacemos y morimos solos".
Tito Manfred.

martes, diciembre 06, 2005 

SE BUSCA

Nombre: Tito van Battenburg Osorio.
Edad: 22 años.
Estatura: 1,70 mts.
Contextura: Delgada.
Cabello: Negro.
Tez: Morena.
Ojos: Negros.
Alma: Negra.
Cicatrices: Una que otra; todas carnalmente abstractas.
Visto por última vez: 10 de julio de 1983. No portaba ropa.

Cualquier información sobre el paradero de este infortunado joven, tenga el tino de guardársela.

viernes, noviembre 25, 2005 

Navegando en medio de una bella laguna creativa

Hoy me siento menos miserable que ayer. Corrijo: hoy soy feliz, creo (cuando la felicidad se vuelve certeza deja de ser felicidad, creo). Pero es ese mismo asomo de felicidad lo que me amarga, me atormenta, me tortura. Y, ¿por qué me amarga, me atormenta y me tortura, la felicidad? No sé, quizás se trate de la acción de mi intelecto realista-pesimista que gusta de hacerle la vida imposible a mi espíritu idealista y romántico (lo apolíneo versus lo dionisíaco, como diría mi buen amigo Federico). De todas formas, esta suerte de dialéctica tan inmanente a mí, no es el tema a tratar aquí. Tampoco lo es, "mi felicidad".
Ahora bien, yendo al meollo (se ruega disculpar lo poco "feliciana" de la expresión) del asunto, estas tristemente felices líneas, o felizmente tristes líneas, o líneas a secas, no estarían siendo escritas, no encontrarían su razón de ser, si a mi acostumbrado afán de complicarme la vida no se le agregara una repentina parálisis creativa (mi blog puede dar fe de ello). Sí, porque estos últimos días la hoja en blanco me ha producido un pánico mayor al habitual. La razón: mi ya mencionado estado de felicidad (qué cacofónica me resulta "felicidad" saliendo de mi boca o del teclear de mis dedos). Puede parecer un cliché, pero la felicidad no es un buen abono para la creatividad, es más bien un obstáculo para el artista (o seudoartista), una compañera, en apariencia, indeseable (así lo pensamos yo y un par de bastardos más). A un buen escritor (no estoy diciendo que yo lo sea) le deseo la desgracia, la fatalidad, la miseria; su ruina es mi placer como lector. A un mal escritor le deseo la felicidad, litros de Bilz y Pap, y, por supuesto, el anonimato.
Como ya dije, estoy baldío de ideas, así que este ¿artículo? sin sentido llega a su fin intempestivamente. Que quede claro eso sí, que mi mayor deseo en la vida es ser un mal escritor, estar con la mujer que amo, y morir por una sobredosis de Bilz y Pap, feliz y anónimo.

"Al menos el anonimato lo tienes asegurado, Pepe Romano".
Tito Manfred.

lunes, noviembre 14, 2005 

CARTAS FICTICIAS: A mi fragilidad

Vida mía (figurativamente hablando):

Sé que en el último tiempo (apenas recuerdo el penúltimo) las cosas no han andado bien entre ambos, que quizás creas tener razones suficientes para haberme mandado nuevamente a la cresta, que mi escasa dignidad lo empeora aun más todo. Así como sé que me quisiste antes que yo a ti (mi amor tardío, sin embargo, es mucho más grande que aquél precoz tuyo), sé también que odias la rutina, y que yo, que de a poco me he convertido en tu maldita cotidianeidad, corro el serio peligro de volverme el objeto de tu aborrecimiento. Tanto te conozco, vida mía (figurativamente hablando), que sé que éste, el último de mis intentos por recuperarte, padece de esterilidad; tus “puntos finales” siempre han sido finales. Jamaz pencé que yegaría a hodiar la hortografía.
Aún recuerdo cuando todo comenzó a podrirse (¿lo recuerdas, "podridora"?). Fue hace exactamente tres meses atrás. Terminaste conmigo porque, supuestamente, no le dedicaba tiempo a la relación. Falso; desde que la angustia matinal me informó que te amaba, me consagré a ti (afortunados los machistas, que jamás se consagrarían a "animales con cabellos largos e ideas cortas"; desafortunados los feministas como yo, que amamos a las mujeres por sobre todas las cosas, aun por sobre el vetusto concepto de "macho"). Me olvidé de la familia, me olvidé de los amigos, me olvidé del play-station, me olvidé del fútbol (esa cuota de no-sofisticación no me la ibas a perdonar), me olvidé de las demás mujeres, me olvidé de mi palabra favorita, me olvidé de mi moral seinfeldiana, me olvidé de la melancolía esteparia (siempre mi dulce compañera), me olvidé de las películas, me olvidé de mi new new wave y comencé a recordar tu "Canto Nuevo"; en fin, como dice aquella vieja canción cuya existencia desconozco, me olvidé de mí mismo, y fuiste tú, vida mía (figurativamente hablando), la razón de tanto olvido.
Aquella ruptura que rememoro, lo recuerdo bien, fue una orquestación tuya para poseerme un poco más, fue tu certero plan para que yo inventara una 25ª hora ofrendada a ti. No era tu intención dar fin a la relación, tan sólo se trataba de una demostración más de tu maquiavelismo. Una vez logrado tu fin, "cediste" ante mis lágrimas y súplicas. Yo, feliz, me des-despedacé (en realidad fue tu perdón el que me rearmó) y recuperé mi forma humana, o algo parecido. Tú, despiadada como siempre, me informaste que, pese a estar juntos nuevamente, nada volvería a ser como antes pues había revelado una parte indeseable de mí. Me dijiste algo así como que odiabas la moda, y que la moda de los "hombres femeninos" que lloran sin pudor, no era una excepción a las reglas que impone tu odiosidad. Sí, desde ese mismo instante supe que todo se había podrido, que desde ese mismo instante estaría a merced de tus caprichos y mezquindades, vida mía (figurativamente hablando).
Si este amor violento (a propósito, ¿por qué detestas a Los Tres?) me hubiera dejado algo de racionalidad y autoestima, diría que lo nuestro hace ya un buen rato que se fue a la mierda, pero las condiciones son otras; de ahí que en esta epístola no halles los insultos que, bien sabes, tanto mereces, sino sólo un saco de palabras rastreras.
Hago una abstracción de tu rostro de niña (niña de rostro, perra de alma) y me figuro que ya debes estar haciendo muecas de desaprobación, a punto de abandonar la lectura de este "arrodillamiento" (¿recuerdas que alguna vez, hace ya mucho tiempo atrás, tan atrás que quizás haya sido en otra vida, te dije cuánto odiaba a los que viven arrodillados?), pensando que esta carta es como tantas otras que te he escrito con el espíritu pulverizado. "Ya está todo dicho, ya está todo escrito, ¿qué quiere ahora este imbécil? ¿Que lo mande a la cresta ante notario público?", piensas tú. Pero no, no está todo dicho, no está todo escrito, vida mía (figurativamente hablando). He creado un nuevo artificio para nuestro amor, una cirugía mayor con la cual prolongar en tres suspiros más la agridulce y anhelada agonía que es para mí tu compañía. ¿En qué consiste?, preguntas con desgano y desdén. "Simple", te respondo, "mintámonos. Yo te invento que aún me queda amor propio y que eres mi vida sólo figurativamente hablando, y tú sin vacilar me dices que es más tu amor que tu desprecio".

"Me siento engañado, ¿quién escribió esto?".
Tito Manfred.

martes, noviembre 08, 2005 

$0,00

Mi autoestima, siempre tan robusta y elevada, tan elevada que se "apuna" en sus alturas, tiene muy buen humor. Gusta de los chistes, sobre todo de los malos. Mi autoestima, que se alimenta de las espinacas de Popeye y de anabolizantes no autorizados, se ha reído toda la tarde del último mal chiste que le han contado: "your blog, peperomano.blogspot.com, is worth $0.00". Mi autoestima, que es autárquica y autónoma, ríe a carcajadas cada vez que lee aquel mal chiste. Yo, en cambio, me pregunto si el chiste no es tal, sino la más cruda de las revelaciones. Así, mientras mi autoestima "jajajea" majestuosamente, yo me pregunto: ¿mi blog es una bosta?

"Pretencioso, al menos las bostas sirven de abono".
Tito Manfred.

jueves, noviembre 03, 2005 

AUSCULTACIÓN SIN GUANTES: Una entrevista a mí mismo o el colmo de la autorreferencia (2)


- Nombre completo.
- Tito Manfred van Battenburg Osorio. Me hago llamar sólo por mis dos nombres porque es más simple y me ahorro la soberana "paja" que me da explicar el origen de mi primer apellido y su pronunciación.

- Bueno, esa explicación nadie se la pidió. Además, los apellidos no son ningún mérito, así que no nos interesa informarnos sobre orígenes ni pronunciaciones. Prosiguiendo, ¿cuál es su estado civil actual?
- Puta, el huevón pesado. Ya, eeeh... soltero sin compromisos. Sin compromisos reales, porque tengo varios ficticios. Eso sí, estoy pensando en terminar algunas de estas relaciones ya que me están quitando demasiado tiempo.

- (Murmurando) What a loser. ¿Estudios?
- No-estudié dos años de derecho. Después me tomé un año sabático (el peor año de mi vida, confieso). Luego, este 2005 ingresé (en el primer lugar de la lista, ejem, aunque no hay mucho mérito tratándose de una universidad que no es ni la Católica ni la Chile) a estudiar Lenguaje y Comunicación, un inusual plan común recién creado este año por mi universidad (sí, me siento como un conejillo de Indias). Después de cuatro años, se opta entre seguir pedagogía en castellano o periodismo (?). Estudio poco, pero me basta para ser el mejor de la clase. No es una carrera muy difícil ni, por ende, muy estimulante, al menos hasta ahora, pero por lo menos me permite dedicarle tiempo al ocio físico y metafísico.

- (En un susurro) Ni Rodrigo Jordán podría escalar tu ego, compadre. ¿Cuál es su fecha de nacimiento?
- 10 de julio de 1983. 10 de julio, no lo olvides, que más temprano que tarde será feriado nacional.

- Le creo, si hasta Don Francisco tiene una calle con su nombre, ¿no? A propósito, ¿qué animal le disgustaría menos ser?
- Un zoon politikon.

- Ah, un mamífero de sangre fría. Entendido. Ahora, una pregunta "nuevecita de paquete": ¿a qué personaje de la Historia, vivo o muerto, le gustaría o le habría gustado conocer?
- A Bernardo O’Higgins o a Manuel Rodríguez. Quizás también a Carrera, para preguntarle qué se siente ser el eterno "segundón".

- Si James Bond le prestara su licencia para matar, ¿a qué miembro de la farándula nacional o internacional asesinaría?
- A todos. No se puede dejar a nadie vivo, se reproducen fácilmente.

- (En voz baja) Resentido social. ¿Se siente bello físicamente?
- No sé si bello sea la palabra, las mujeres son bellas. Yo me encuentro relativamente atractivo, y se podría decir que me gusto. Me miro al espejo y me gusta lo que veo. Y me toco, me toco mucho.

- Perturbadora imagen. ¿Cuándo fue la última vez que pensó en sexo?
- Recién. Estaba pensando en que si yo fuera mujer, querría hacer el amor con alguien como yo.

- Si usted fuera una mujer que no esperara mucho de la vida, claro. ¿Cuál es su talla de zapatos?
- Ah, soi chistosito, huevón. 40, calzo 40.

- ¿Estatura?
- ¿A qué viene esa pregunta?

- ¿Por qué se pone a la defensiva? ¿Se siente acomplejado por su estatura?
- No, para nada.

- Entonces, dígame cuánto mide.
- 1,70, ¿okay? 1,70. Sí, soy bajo, lo reconozco. Pero no olviden que Napoleón fue un enano exitoso.

- Por supuesto, señor Manfred, usted tiene toda la razón, UN enano exitoso en toda la Historia de la Humanidad. Qué dato más alentador para usted. Mejor viajemos: ¿cuál es la ciudad de sus sueños?
- (Confundido) La ciudad donde viva quien me robe el aliento. Sea Praga o Bagdad.

- ¿Y la ciudad de sus pesadillas?
- Ésta, "la ciudad de la eterna somnolencia".

- En eso coincidimos. Ahora, dígame cuál es la mujer de sus sueños.
- Thora Birch, la actriz gringa. O mejor dicho, Enid, su personaje en Mundo de Fantasmas. Sencillamente, la más deliciosa y odiosa criatura que haya visto. Me enamoré de su misantropía y sus kilos de más. Puede sonar narcisista, egocéntrico u onanista, pero las mujeres de mis sueños siempre se han parecido a mí... psicológicamente, claro.

- (Susurrando) Qué rebuscado. La mujer de sus pesadillas.
- No sé, quizás una gélida y banal mujer de nariz respingada y derechista por simple herencia. A propósito, se me vino a la mente Lucía Hiriart de Pinochet en colaless. Su culo me sugiere que Dios no existe. Sí, chocante la imagen, pero fue mi grano de arena a la causa bulímica (vomiten, chicas, y después me lo agradecen).

- Sin comentarios. ¿Se adscribe a alguna ideología política?
- (Mirando con hostilidad a Romano) Difícil decirlo. Esencialmente, soy de izquierda, pero existen un montón de temas en que aún no me pongo de acuerdo conmigo mismo (construcción de utopías o sumisión a la realidad, dictadura del proletariado o dictadura de los virtuosos, socialismo o neoliberalismo). Me siento tan alejado de la ortodoxia comunista como de la dócil voluntad de los mencheviques modernos. Soy individuo y pueblo a la vez, y en esa contradicción vital se consume mi tiempo de acción. Como tengo afanes de trascendencia política (la acción política es la mejor forma de burlar la futilidad de la vida), supongo que tendré que silenciar el discurso de uno de mis yo.

- Telehcab rop netov (mensaje subliminal del conductor). Cambiando de tema, aunque realmente no tanto, hablemos ahora de religión.
- No tengo religión ni me gusta vestir lana. Creo o creía en Dios, pero cuando tomé conciencia de que mis manos levantaban edificios, Lo maté.

- (Susurrando nuevamente) El único que ha muerto ha sido Nietzsche, imbécil. Banda de rock favorita.
- ¿Dijiste algo?

- Sí, "banda de rock favorita".
- Mmm... ya. Te voy a nombrar tres: Interpol, Radiohead y Joy Division. Mención honrosa para Milli Vanilli.

- Mmm... yo prefiero a los New Kids on the Block. Película favorita.
- Son muchas, imposible nombrarte sólo una. Carretera Perdida, Léolo, Donnie Darko, La Naranja Mecánica, Mundo de Fantasmas, Nadar Solo, Réquiem para un Sueño, Memento, Magnolia, Mulholland Drive, Solo contra Todos, Amélie, Los Amantes del Círculo Polar, Irreversible... ¡Uf!, y podría seguir.

- No siga. Libro favorito.
- Así Habló Zarathustra, de Nietzsche, y El Extranjero, de Camus. Ah, y Rimas y Leyendas, de Bécquer. Mención honrosa para el Silabario Hispanoamericano y sus maravillosas ilustraciones, concha de tu madre.

- (Haciendo caso omiso al insulto proferido por Manfred) Pintura favorita.
- No tengo. Quizás algún cuadro de Matta o Chagall, pero no se me ocurre ninguno en particular. Mi ignorante yo esnob dice que le gustan los Picasso del período verde musgo.

- A propósito, ¿Picasso era negro? (se oye el estruendo de risas vulgares y envasadas). Continuemos. Su comida favorita.
- (Perdiendo la paciencia) La pizza, los tacos y la parrillada. Mención honrosa para la torta de jamón del Chavo del 8. Imagino que debe ser una delicia, si el costo es la dignidad y el amor propio de un niño mendigo.

- Para su información, la torta de jamón era el anzuelo que utilizaba el pederasta de Don Ramón (risotada general). ¿Qué pregunta viene ahora? Ah, bebida alcohólica favorita.
- (Mirando directamente a la cámara, ignorando a Romano) La cerveza. No por su sabor sino que por su simpleza. Así como busco la complejidad en las personas, busco la sencillez en los objetos. O sea, no me gustan los tragos preparados.

- (Apenas audible) Porque no tenís plata. Estación favorita del año.
- Invierno. Me gustan las tardes frías y nubladas.

- (Sarcástico) Ay, qué melancólico. La pasión de su vida.
- El cine, y si me seguís hueveando, te voy a sacar la chucha.

- Easy, easy, no se altere, señor Manfred. Continuemos. La no-pasión de su vida.
- ¿Sí, huevón? Una más y ya vai a ver. La ciencia, la ciencia es mi no-pasión. Las ciencias exactas, para ser más exacto. Si existiese la raíz cuadrada del alma humana me habría hecho científico, pero no, no existe. Al menos hasta donde yo sé.

- (En un susurro) Obvio que no, ahuevonado. Placer culpable.
- Escuchar baladas románticas italianas, bailar frente al espejo, leer el horóscopo, emborracharme, enterarme de las miserias de la farándula, fijarme en minas ricas pero tontas, y dejémoslo hasta ahí no más.

- Manías y obsesiones.
- La simetría, el orden y la ortografía. Ah, y jugar con los subtítulos de las películas (descompongo las palabras, cuento las letras, observo si hay más palabras agudas o graves, etc.). También trato de no pisar las rayas de las veredas. En resumen: estoy enfermo.

- A confesión de parte, relevo de...

En un súbito enajenamiento, Manfred se abalanza sobre Romano, cayendo ambos sobre la mesa de vidrio. Ésta no resiste el impacto y se hace pedazos. Conductor e invitado caen al suelo, Manfred toma un fragmento de vidrio y le hace un corte a Romano en el brazo izquierdo. Los dos hombres se ponen de pie. Romano se ve mal. Luego, respetuoso del imperativo simétrico, el invitado lacera, mediante una rápida estocada, el brazo derecho del anfitrión del programa. Hay un intercambio de golpes de puño. Manfred se impone, Romano cae al suelo. Se corta la transmisión. Letras blancas en fondo negro informan que el canal no se hace responsable de las opiniones vertidas en el programa ni de que usted haya perdido su tiempo leyendo una entrevista de televisión con nulo contenido. Amén.

"La caja no es la boba, la caja es sólo un objeto".
Tito Manfred.

miércoles, noviembre 02, 2005 

AUSCULTACIÓN SIN GUANTES: Una entrevista a mí mismo o el colmo de la autorreferencia (1)

Buenas noches, señores televidentes, les damos la más calurosa de las bienvenidas a nuestro show. Mi nombre es Pepe Romano y, desde este instante, soy su humilde servidor. Hoy damos inicio a la primera temporada de Auscultación sin guantes, el primer programa televisivo de entrevistas que sólo se lee. No es televisión ni HBO, es otra huevada.
Sabemos que sus vidas son tristes, patéticas y poco interesantes (lo confirma su sintonía), y es por ello que este naciente espacio pretende que ustedes –nuestro fiel y rudimentario público– "maten" un poco de tiempo de sus insignificantes existencias conociendo las experiencias, las ideas y las más grotescas intimidades de las grandes personalidades del universo heliocéntrico.
Eso sí, solicitamos encarecidamente al vulgo hacer el intento de no sentirse disminuido en su autoestima cuando observe la talla moral de los grandes hombres y mujeres que serán "auscultados" en nuestro programa. Sea como sea, la producción de Auscultación sin guantes no se hace cargo de los eventuales suicidios que supieran suscitarse a raíz del visionado de este show. Después de todo, lo más probable es que el mundo sea un mejor lugar sin usted.
Ahora a lo que nos convoca. Por tratarse de nuestra primera emisión, hemos hecho esfuerzos sobrehumanos por traer a nuestro estudio a un personaje acorde con tan especial ocasión. Así, gracias a la diligente acción de nuestra productora periodística Fernanda Blowjob, tengo el agrado y el orgullo de presentar al primer entrevistado de la historia de Auscultación sin guantes: el connotado ser humano y ciudadano del mundo, Tito Manfred (el invitado entra en escena). Un aplauso para él. Vamos, no sean tímidos, aplaudan frente a sus monitores. No me van a decir ahora que se creen más inteligentes que las focas. Más fuerte, que no se oye. Así está mejor. Señor Manfred, cómo lo quiere la chusma inconsciente (Manfred asiente con la cabeza, saluda al técnico que controla los aplausos envasados y toma asiento). Bueno, señor Manfred, sabemos que usted es un hombre en extremo ocupado, así que, sin más preámbulos, comencemos el cuestionario y la exploración cavernosa (Romano se sienta).

Continuará...

"Fernanda Blowjob tiene un enorme poder de convencimiento".
Tito Manfred.

domingo, octubre 30, 2005 

"Nostalgia" se escribe con letras perdidas

La inexistente revista Humano, demasiado humano publicó hace poco un ranking de los clisés más detestados por mí. En el primer lugar del listado apareció la detestable frasecilla “todo tiempo pasado fue mejor”. Si bien puedo estar equivocado, creo que ese verdadero monumento al lugar común jamás se lo he oído a alguien a quien valga la pena escuchar. Es más, quienes gustan de repetir reflexiva o irreflexivamente (no sé en cuál caso es peor) tamaña idiotez, responden a tipologías bastante particulares: menguados de espíritu y simples imbéciles, respectivamente.
De más está decir que es radical y antojadizo clasificar de esa manera a la gente, pero, qué diablos, tengo por hobbies la especulación y el disparo al bulto. Lamentablemente, más de una vez el impacto me ha alcanzado a mí. No mana sangre de la herida, pero de que duele, duele.
De todos modos, si bien mi crítica a la chusma reminiscente alcanza a tocarme parcialmente, no me considero ni menguado de espíritu ni simple imbécil (un imbécil complejo tal vez). Cómo podría sentirme identificado con la aberrante doctrina de hojear una y otra vez los viejos y polvorientos álbumes de fotos, si todo cuanto anhelo en la vida está por venir, si todo cuanto deseo de la vida es hacer mi voluntad de destruir para luego construir, y para ello todo lo pretérito es obstáculo.
Lo anterior no quita que de vez en cuando me dé la licencia, por motivos que hacia el final revelaré, de mirar hacia atrás con nostalgia, a ese lugar baldío pero seguro y extrañamente acogedor (y, personalmente, siempre autoflagelante). Unos minutos a la semana me empantano en recuerdos pintados en tono sepia, unos minutos por semana los dedico a visitar a mis muertos. Bastan los tres o cuatro minutos que dura una canción o los mezquinos siete segundos que alcanzo a retener la imagen difusa de un rostro de rastro perdido. Después, a reanudar la marcha hacia el inaccesible pero fecundo horizonte de ficción.
Hace unos días atrás sufrí-disfruté de uno de aquellos mencionados accesos nostálgicos. En la radio comenzó a sonar Disco 2000, de Pulp, y el movimiento telúrico fue instantáneo en mi interior. Como de costumbre, de las fisuras "geológicas" comenzaron a emerger mis fantasmas favoritos, siempre sigilosos, siempre omnipresentes. En otras palabras, todo mal, porque no existe fantasma bueno (niños, no confíen en ese moco verde de los Ghostbusters).
Cada vez que oigo ese bendito tema (o The Universal, de Blur, o Don’t look back in anger, de Oasis), unas ganas no ubérrimas de subirme al DeLorean arremeten contra mí. Sin embargo, contengo ese deseo de evasión que significa viajar al pasado y me conformo con experimentar la simple abstracción. Así, rememoro las primeras veces en que me rompí (sí, los románticos fundamentalistas como yo, así lo hacemos) o me rompieron el corazón, recreo la totalidad de mis púberes errores, recuerdo cada uno de mis silencios. Mientras escucho Disco 2000, "visito" una época no mejor que la actual pero que, al menos, la lejanía temporal permite "experimentarla" con algo de anestesia, no mucha.
Lo patético es que pocas cosas logro recordar además de mis primeros reveses. Sí recuerdo mi despertar melómano, sí recuerdo la falta de conjugación entre la chica que me gustaba a mí y la que de mí gustaba (jamás fueron la misma persona) y sí recuerdo que tal como hoy, diseñaba en mi cabeza un futuro esplendoroso, un futuro que coincide, sólo cronológicamente, con mi actual presente. He ahí the awful truth. He ahí una buena razón para limitar al máximo mis revisiones de álbumes de fotos. Yo quiero que me mientan, y los muertos no mienten.
Así y todo, las travesías nostálgicas son un tour necesario (tour, no estación definitiva) cada cierto tiempo, pues sirven para darnos cuenta qué tontos fuimos y qué tanto menos lo somos ahora. Desde el pasado, el presente luce un mejor aspecto; desde el presente, largo un suspiro de alivio, alivio de que Disco 2000 ya casi ni lo tocan en las radios.

"Olvida lo bueno, recuerda lo malo y avanza".
Tito Manfred.

lunes, octubre 24, 2005 

Tú, mi complemento, mi media naranja

No sé qué diablos hago soportando la primavera solitariamente solo en la soledad de una noche de lunes en que sólo fantaseo con la idea de conocer a Soledad, una chica que no existe pero que besa bien, es adicta al solitario y está tan solitariamente sola como yo. No me lo explico. En vez de estar escribiendo huevadas frente a un computador, debería estar haciendo poesía bajo la dulce mirada atenta de mi amada Soledad, Daniela o Rocío. En vez de vivir "engrupiéndome" con la idea de que lo mío es melancolía metafísica (sea lo que sea aquello), cuando en verdad es simplemente melancolía amorosa, debería estar en sofá ajeno abrazado a una linda chica de ojos tan bellos que me sugieran la eternidad. Pero no, estoy frente al computador escribiendo huevadas y escuchando por enésima vez en la semana el disco de Radiohead (música ideal para "melancólicos metafísicos").
No soy un galán (ya hay demasiados, el mundo no necesita más), pero no me costaría nada no estar hoy solo sentado frente al computador escribiendo huevadas. No. Pero, lamentablemente, pesa sobre mí la maldición del hombre que no viste a la medida pero que sí gusta de las mujeres hechas a su medida.
Sí, porque a mí no me gustan todas las mujeres ni siento la necesidad de inseminarlas a todas ni me quepa el disfraz de macho cachondo y desprejuiciado al que le sirven todas las "micros". Claro, tampoco está mal ("aunque no es una práctica que me satisfaga demasiado", dijo el tonto denso) conocer de vez en cuando chicas vacías para "transpirar un poco" (se ruega disculpar lo cerda de la expresión), después de todo el cuerpo es muy insistente en esto de practicar el clásico in-out, in-out (quién fuera Alex). Pero si hablamos de buscar a alguien con quien jugar a la exclusividad amatoria, mis preferencias van por las mujeres excepcionales, de stock limitado. Y, ojo, que no me refiero a minas excepcionalmente bellas sino a minas interesantes, que atrapen tu atención con sus palabras y no con sus bellas formas vacuas (me encanta que me apabullan con sus ideas); en otras palabras, minas que son –sin ofender– la excepción dentro de la fauna femenina (bueno, hombres interesantes tampoco abundan, pero ese es problema de las mujeres). Enamorado, mataría y moriría; lo mínimo que puedo pedir es que mi amada comprenda la razón de mi locura asesina, ¿no? Piénsenlo, ¿se imaginan morir por una idiota incapaz de leer los signos, morir por una tarada que piensa que tu muerte no fue más que un vulgar accidente o una mala jugada del destino? No jodan, eso sería como si Beckett y Ionesco estuvieran complotando contra mí.
De todas maneras, lo anteriormente señalado no es motivo para estar más solo que un clavo, o acaso, ¿no hay minas interesantes en mi ciudad? Claro que las hay, pero parece que sufro de una severa hipermetropía que me impide verlas cuando están cerca. Eso explicaría el hecho de que casi todas las chicas intelectualmente estimulantes que conozco vivan lejos de estas tierras inhóspitas en que habito. En otras palabras, si fuera miope no estaría frente al computador escribiendo huevadas.
Como sea, ¿a qué me lleva este singular "pajeo" mental? A nada, of course. Aunque admito que a estas alturas eso de "y Pepe Romano en el rol del pololo gilipollas" ya me suena a posibilidad cierta. Tampoco es tan malo; conozco unas cuantas niñas muy lindas que serían perfectas pololas convencionales. Mientras analizo a las candidatas (¡ah, el huevón rico!), dejo a continuación un listado de lo que espero de esa mujer maravillosa e insólita que me robará la vida. Tú –sí, tú– debes ser: imperfectamente bella o perfectamente fea; inteligente, muy inteligente, mucho más que yo; culta, que hayas leído 501 libros más que yo; tan tierna como mordaz (¿es posible?); simpática, pero para unos pocos (perdona, pero si le caes bien a todo el mundo eres una pelotuda); frágil pero fuerte cuando te necesite; adicta a la misma sustancia que yo (el cine); de llanto sabroso (mis lágrimas tampoco saben mal); de risa fácil (soy aquel mal comediante que igual pide aplauso); aseada, sobre todo en los pies (sí, me gustan); talentosa cantante de ducha; anarquista, en cualquier sentido de la palabra; religiosa, ferviente seguidora de la fe peperrománica; terrorista no islámica en contra de la moda; dulce mas no edulcorada; melómana aficionada al pop alternativo francés; no goth girl (porque me dan susto); no punk (porque se me figuran medio hedionditas); no emo (¿es necesario dar las razones?); y practicante de la misantropía selectiva (que odies a todos menos a mí).
Como podrán ver, no es mucho pedir. Interesadas, no se agolpen.

"Pepe Romano es un imbécil y se complica la vida artificialmente".
Tito Manfred.

domingo, octubre 16, 2005 

Mi nombre es Voluntad

Cada cierto tiempo, arremeten contra mí nauseabundos vahídos nostálgicos que me recuerdan mis tiempos de actor de teatro escolar y aficionado, y fantaseo con la idea de haber llegado alguna vez a ser entrevistado en Desde el Actor's Studio por esa vaca siútica de James Lipton. Me imagino en el escenario ante una multitud de poco diestros aprendices de actuación, todos deseosos de chuparme hasta el último sorbo de talento. Me imagino rememorando junto a Lipton mi debut en las tablas interpretando a un adolescente seudorrevolucionario con ideales trasnochados. Me imagino respondiendo el apestoso cuestionario de Bernard Pivot (¿quién mierda es Bernard Pivot?, ¿soy un ignorante por no saber quién es Bernard Pivot?, ¿por qué Lipton se empeña en dar fama a este sujeto?, ¿son Lipton y Pivot amantes?). En fin, me imagino contestando a la pregunta sobre cuál es mi palabra favorita. Mi respuesta: voluntad.
Voluntad es una palabra de semántica insuperable, que me eleva de sólo oírla. Traducida al alemán sería un buen tatuaje (descuide, lector amante de la tolerancia y las libertades personales, soy hasta cierto punto germanófilo mas no nazi, pues carezco de los dos principales requisitos para serlo: no soy ni ario ni tarado). Sin embargo, mi amor por la referida palabra jamás se ha visto particularmente reflejado en los hechos; siempre he cedido a las pulsiones de lo bajo.
Por ello me he propuesto comenzar a entrenar mi voluntad. De menor a mayor exigencia. Cuál asceta, me negaré ciertos placeres, aquellos que me puedo negar voluntariamente, porque hay algunos que -sin comentarios- las circunstancias se encargan de vedármelos.
El experimento ya está en curso: hace más de una semana que no bebo ni una sola gota de alcohol. Aclaro que no soy alcohólico ni mucho menos, pero disfruto de los licores y la ruin cerveza. Si a esto se le suma el hecho de que el alcohol es considerado un ingrediente primordial para la interacción social en las noches de "carrete" (lo que se traduce en la presión de tus amigos por que dejes de hacerte el abstemio), la prueba a la que estoy sometiendo mi voluntad no es menor.
En próximas entregas, informaré qué tal voy en esto de privarme de los elixires de Baco. Además, es probable que agregue más privaciones. Todo sea por mi adorada voluntad (gracias, Pivot and Lipton, por abrirme los ojos).

"Willenskraft".
Tito Manfred.

jueves, octubre 06, 2005 

Un producto exclusivo hecho en serie o todo lo contrario

Siempre me he creído un personaje (sí, "personaje", porque las personas son apariciones centenarias) original, indefinible, inclasificable. Siempre fue esa percepción de mí mismo razón suficiente para levantarme por las mañanas y confundirme entre las bestias de la fauna humana con cierta dosis de optimismo. En efecto, ese mismo distanciamiento de la sociedad que padecía y padezco (en todo caso, ¿es padecimiento o virtud?), y que tenía por consecuencias la más honda soledad y la perpetua sensación de vértigo ante el gentío, era lo que le daba consuelo y gozo al alicaído espíritu que llevaba a rastras por la vida.
No negaré que por aquellos días, más de una vez cruzó por mi cabeza la cacofónica idea de cruzar con una bala todo el ancho de mi cabeza (a pesar de que mi estúpida mente racional me negaba una y otra vez ilusionarme con la existencia de un valle de avasallados postmortem en que fuera el rey). Como debe intuir el lector atento, lo del suicidio jamás se materializó. De hecho, esta idea de autoeliminarme, de multiplicarme por cero, ni siquiera alcanzó la categoría de proyecto truncado. ¿Por qué? Porque en ese entonces habría sido una estupidez, un pobre acto plástico, un tributo a la vacuidad de la forma pura (?). Además, me atemorizaba la posibilidad de que una vez que mi nuca saboreara el plomo, las ilustraciones edénicas que vienen en los textos de los Testigos de Jehová (ustedes saben, sexo interracial y zoofilia) no se hicieran realidad.
Prosiguiendo, en aquel apenas pretérito tiempo, la suma depresivo + alienado + misántropo + suicida en potencia era = adolescente sin igual. No existía duda de aquello: había leído al papanatas de Camus y no tenía idea de cómo bailar el ritmo de moda; era sin lugar a dudas, un sujeto singular. De esta supuesta verdad se alimentaba mi ego.
Tristemente, la vida se encargó de hacerme saber que existía una legión de púberes lectores de "El Extranjero", con los mismos patéticos dilemas existencialistas que yo, en el borde de los mismos abismos minúsculos en que yo me tambaleaba. ¿A qué me lleva esta revelación? Pues, a convencerme de que antes era un imbécil (más que hoy), que la abulia es el ritmo favorito de un loser y que la originalidad requiere algo de esfuerzo (lector inteligente, lea a Camus pero no le crea).
Está bien, no fui el más original de los adolescentes, pero me consuelo con la afirmación de San Agustín de que el pasado no existe, de que sólo tiene existencia el presente (constante "desplazamiento" al no-ser). Así, lo único que me importa en este momento es... no, ahora, ¡ya! Right now. Vamos, cuando cuente hasta tres: uno, dos, tres. Mierda, tengo la leve sospecha de que el presente tampoco "es". Como sea, hoy soy menos imbécil, menos abúlico y más original que ayer; y leo mejores libros, veo mejores películas y conozco, aunque esto es relativo, mejores personas que hasta hace un rato. Y eso está bueno, ¿no?

"Hoy me suicidaría con estilo y fundamento (el mundo de verdad apesta)".
Tito Manfred.

martes, septiembre 27, 2005 

Yo amo a Javiera Mena o el tónico autorrecetado por un joven angustiado para soportar la primavera

Y llegó la primavera, mierda, con todo lo que viene incluido en el pack estacional: las flores, el polen, las alergias, la proximidad de octubre, el ocaso de septiembre, la baja del IPC, la cursilería a mil, los huevones enamorados (que no saben que la polola los está cagando con el amigo), las huevonas enamoradas (que desconocen que el pololito es gay) y, lo peor, los pobres huevones solitarios (¡presente!) que no tienen con quién jugar a la agridulce fantasía de que todo marcha bien. Suene o no patético, quisiera ser un edulcorado incauto y no el supraconsciente observador de las tiernas mentiras que se tejen entre dos terrícolas que se aman (sea lo que sea la conjugación del verbo amar). Pero, bueno, mientras soporto estoico los embates de la emputecedora primavera, me basta con imaginarme que Javiera Mena me canta al oído "Sol de invierno" (sí, no es muy ad hoc el tema).
Amo a esa chica en compleja abstracción, amo sus canciones, amo su dulce voz al cantar, amo su parquedad ante las cámaras, amo su rostro de niña. Pero no es un amor fiel; la amo mientras aguardo la aparición de la insólita chica que soporte a ese extraño y neurótico ser que soy yo.
En todo caso, no sufras Javierita mía, nuestro amor promete eternidad; de chicas insólitas no he sabido en siglos.

"Si la vida fuera justa, Javiera Mena sería mi compañera de curso".
Tito Manfred.

lunes, septiembre 05, 2005 

Yo denuncio

La discriminación adquiere las más variadas formas; para advertirlas sólo basta con prestar un poco de atención a la vida social, sobre todo, en sus articulaciones más finas o ínfimas. Si realizan este ejercicio, no tardarán demasiado en identificar como uno de los tipos de discriminación más comunes pero inadvertidos a la vez, la negación del saludo a los choferes de microbuses. Claro, son en su mayoría hostiles, incivilizados, vulgares y discapacitados intelectualmente hablando; pero, pregunto: ¿eso los despoja de su condición de seres humanos? No, estoy casi seguro que no (en el peor de los casos, y que me disculpe el gremio, los hace seres humanos inferiores). Entonces, si estamos de acuerdo, ¿por qué al subir al microbús no saludamos con un "buenos días" al troglodita que pese a sus limitaciones, tuvo la capacidad para aprobar el examen de conducir? De seguro, pensarán ustedes que con pagarles unas míseras monedas por concepto de tarifa, el señor micrero se sentirá pleno. Pues no, joven incauto, el señor micrero tiene sentimientos, así como los perros, los chimpancés y los tapires también tienen. Los choferes de microbuses son tan seres humanos como los choferes de taxi, a quienes sí ofrendamos con nuestro tierno saludo. Así que, la próxima vez que suban a un microbús, digan simplemente: "buenos días, señor micrero".

"¡¡Para la micro, viejo culia'o!!".
Tito Manfred.

miércoles, agosto 24, 2005 

Catálogo del hombre infeliz

Como el hombre no sólo vive del amor y de las demás cosas bellas de la vida, sino que también se alimenta del odio que vomitan las entrañas, aquí les presento un breve listado de aquello que detesto y me violenta el espíritu:

- Odio a los seudointelectuales y sus parloteos insignificantes.
- Odio a la gente vulgar y simplona que pretende disimular su estrechez de pensamiento con atuendos extravagantes.
- Odio los best sellers: "literatura" chatarrienta que no usaría ni para limpiarme el culo.
- Odio a los imbéciles que leen best sellers (salvo que sean familiares o amigos).
- Odio a los apolíticos: gente despreciable, acéfala, inconsciente, que desconoce lo vergonzoso y criminal que es admitir no tener opinión sobre política.
- Odio a las personas simples y conformistas, que se pasan la vida en silencio, reposando serenamente sobre sus heces, sin saber de cuestionamientos elevados; quizás por alergia a la abstracción.
- Odio a la masa-idiota que circula libremente por las calles, entorpeciendo la marcha de los virtuosos.
- Odio la televisión abierta y su desfile de idiotas bien pagados.
- Odio la razón estéril.
- Odio los pegajosos días de calor.
- Odio a los izquierdosos y su anacrónico pataleo.
- Odio a los neofachos y su moral conveniente.

"Odio porque amo mis conquistas".
Tito Manfred.

jueves, agosto 18, 2005 

La herida mortal

¿Qué es esta llaga ardiente, quemante, surcando mi pecho?
¿Será, acaso, un mortífero cáncer,
o es la vida que languidece y se transforma en grieta carnal?

¿Qué artista rabioso esculpe en mí esta herida humeante?
¿Dios y su gabinete de cuerpos celestes,
o será la noche triste transfigurada en puñal?

¿Qué sentimiento inspira este abatimiento de la voluntad?
Tal vez la ira yerma que reprimo entre los dedos de mis puños cerrados;
quizás la melancolía alojada en mis pupilas.

Y así, sumergido en el mar de dudas me descubrí;
y palidecí ante la idea de morir ahogado y sin contestación.
Mas Dios, bendito voyeur, envió a un pez alado a mi rescate.

–¿Qué es esta llaga ardiente, quemante, surcando mi pecho? –le pregunté.
Y el emisario respondió: "no es más que el amor, que de muerte te ha herido".

"Se buscan minas cachondas por la mala poesía".
Tito Manfred.

viernes, agosto 12, 2005 

Catálogo del hombre feliz

Mientras deletreaba mentalmente la palabra "clisé", se me vino a la cabeza una idea original, jamás antes vista -terminando aquí, me voy enseguida a registrarla al Derecho de Autor-. La idea: hacer una lista o catálogo de aquello que amo en este mundo (puta, la huevada pa' cursi). Creativo yo, ¿no? Bueno, whatever, aquí les va:

- Amo esa sublime sensación que experimento cuando no estoy ni despierto ni dormido.
- Amo escupir un llanto melancólico o rabioso con una buena canción (la voz de Thom Yorke siempre es una buena cómplice) en la soledad y oscuridad de mi habitación (ojo, que llorar no es patrimonio exclusivo de los pobres huevones emo). El llanto no debe ser de pena necesariamente, ¿o acaso oír las canciones de Morrissey no provocan llorar sin razón aparente? Aunque, claro, "la razón probablemente esté oculta en alguna parte", me diría algún psicoanalista trasnochado.
- Amo/amaría cantar bajo la lluvia (donde vivo nunca llueve, pero si a Gene Kelly le gustaba, porque no a mí).
- Amo a las mujeres (que ellas no quieran nada conmigo, es otro tema).
- Amo a mi familia (por sobre todas las cosas y como lo haría un Corleone).
- Amo mi reflejo en el espejo.
- Amo mi ego.
- Amo el viento que golpea mi cara (si es sobre un auto en movimiento, dos veces amo).
- Amo las buenas películas, sobre todo aquéllas que te seducen con el dulce engaño de que el cine cambia vidas y modos de ser.
- Amo los poemas perfectos (en especial, los de Bécquer).
- Amo el aire que respiro, porque me da vida para odiar.
- Amo despertar en medio de la noche (es como saborear el sueño).
- Amo citarme a mí mismo.

"Y la amo a ella, quien quiera que sea".
Tito Manfred.

viernes, julio 29, 2005 

Invierno: mi estación y mi estado

Nací en invierno, quizás de ahí venga mi predilección por esa estación del año. No sólo la prefiero, la amo y la espero. Tal cual. Aclaro que no la aguardo conscientemente, sino que es mi espíritu, que viene en un tono gris acorde a la temporada otoño-invierno 2005, el que no ve la hora de que los cielos nublen la ciudad... y algo más.
En invierno, la tristeza y la melancolía hacen de mi existencia su residencia, y eso me gusta. Soy masoquista y lo admito, más a mucho pesar que a mucha honra. Todo cuanto hago parece ir, indefectiblemente, dirigido a hacer de mis días dulce tristeza que saboreo con la boca amarga. He ahí mi verdad desnuda.
Es invierno mi estación favorita porque, de súbito, recuerdo amores que no fueron, palabras que no se dijeron y decisiones que no se tomaron (el flashback fue creado en invierno). Es invierno la mejor época para aprender lecciones, aunque más que el aprendizaje, yo disfruto el dolor que me produce el error.
Es invierno mi estación y mi estado. Soy un masoquista rebobinador.

"Atención: el invierno quema más que el averno".
Tito Manfred.

viernes, julio 01, 2005 

El Sexo

Mi buen amigo Friedrich dijo hace más de un siglo atrás que todas las acciones humanas estaban influidas, empujadas y determinadas por la voluntad de poder, por el deseo de dominación, primero de sí mismo y luego de los demás. En lo personal, estoy de acuerdo con mi compadre.
Pero, ¿de qué nos sirve este motor o fin intermedio si no tenemos un fin definitivo, un telos absoluto (ojo, para el ser humano)? Bueno, ese fin existe y es común a todos nosotros; es el sexo. Sí, seré un huevón cachondo o un freudiano engrupido, pero usted también. Aceptémoslo, somos falos andantes, no sirve de nada pretender que somos seres trascendentales, más complejos que el Ser mismo. No. Esta mañana desperté con la noticia. Te informo aquello que, sabes bien, ya hace tiempo residía en tu espíritu: la angustia no es sartriana, es sexual.
Esta noche hay "carrete", espero ser el más voluntarioso de todos y "liberar" mi angustia.

"El hombre sin sexo es algo que debe ser superado".
Tito Manfred.

lunes, junio 06, 2005 

Puntualmente, 7:50am

Podrás decir muchas cosas de mí, bella caminante; que soy un vil jote, que te asusto, que tengo tendencias psicopáticas o que, simplemente, no te apetece un poco de mí. Sin embargo, lo que jamás podrás decir, es que no fui puntual durante semanas enteras (o casi enteras, de lunes a viernes) esperándote cruzar ante mis ojos, en dirección a tu colegio. Ni tendrás el derecho de decir que no tuve la intención, el deseo, la voluntad y la resolución de entrar a tu mundo. No, aún resuena en las calles mi saludo sin respuesta, muda espontánea.
En cambio, seré yo quien diga que fuiste tú quien cerró la puerta con la odiosa indiferencia, quien me hirió de muerte con su silencio en forma de puñal. Esta última imagen no es sólo una abstracción. Te aviso, amor: agonizo.

"Patetismo de ficción. Por suerte".
Tito Manfred.

domingo, mayo 01, 2005 

Mala persona

Hoy, al despertar, lo supe: soy una mala persona. De pie, al borde del abismo, debí ceder ante la evidencia que se me presentaba ante el espejo en forma de monstruoso bicho. Y sí, creo que la refundación deberá comenzar por mí (¿de qué otro modo si no?). Nada más que decir.

"Malo soy".
Tito Manfred.

miércoles, abril 06, 2005 

La Sonora Papal

Un papa más que se va,
un papa más, cuántos se han ido,
un papa más, qué más da,
otros se han ido ya...

"En tus últimos días, ¿dónde depositaste tus heces diarreicas? Probablemente, en una dorada pelela".
Tito Manfred.

domingo, marzo 27, 2005 

Yo alabo, tú alabas, él alaba...

Feliz Domingo de Resurrección, hermanos; que sean bienaventurados los no pecadores. Éste es un día especial, tan especial, que he decidido por hoy teclear con infinita dulzura (descuiden, es sólo una broma, una inocente herejía, la infinitud se la dejo a Nuestro Señor Infinito). Al fin he logrado ver la luz con que El Anteriormente Mencionado ha iluminado siempre mi camino. Un camino de adoración y amor eterno a quien nos dio el ser. Un camino que nos conducirá a un oasis llamado Edén, en que la felicidad y la armonía entre los seres humanos será posible, un lugar en donde habrá espacio para el amor interracial y para la comunicación amplia entre los seres que alguna vez habitaron la Tierra (ya me imagino teniendo largas conversaciones con esbeltas jirafas y atractivas cebras). No es un sueño ni una alucinación, es nuestro último puerto.
Espero que mis palabras hayan servido para depositar, en sus mentes, imágenes que son sólo un preludio de lo bueno que vendrá. Me despido, no sin antes narrarles un hermoso sueño que acabo de tener, mientras intentaba transmitirles mi mensaje de amor: soñé que una mañana, cual pastor comprometido con la causa evangelizadora, guiaba a los fieles (de todas las religiones, pues la palabra del Señor es Una) en dirección a un gran templo común. Una vez que todos los alabadores estuvieron dentro del celestial edificio-nave, yo cerré las puertas por fuera, y haciendo oídos sordos a las súplicas de los fieles -pues, de los arrepentidos no es el Reino de los Cielos-, decidí prender fuego al templo, haciéndoles más expedita la llegada al Oasis Final.

"Dios la lleva".
Tito Manfred.

miércoles, marzo 23, 2005 

Sin título

Es extraño o patético, pero siendo éste apenas el segundo comentario que escribo en este blog (y en cualquier blog), ya siento el temor de caer en la reiteración. Esto se debe sobre todo a que siempre he tenido la tendencia de crear una narrativa (en el sentido más amplio de la palabra) a partir de un mundo interior atormentado y no sé si estrecho o ingente, en desmedro de ese otro mundo, al que, debo reconocerlo, desprecio frecuentemente. Este craso error conduce, sin remedio, a caer en redundancias (muy rico podrán ser los mundos interiores, pero siempre están construidos en base a no más de dos o tres preguntas existenciales, prácticamente incontestables). En todo caso, escribir sobre la falta de más temas, también es tema, ¿o, no?
Hablando de angustia, hoy, en la cátedra de Filosofía, el profesor se refirió muy brevemente al constante desasosiego en que vive el hombre que se sabe "sólo potencialidad", que se sabe mero ente existente, incapaz de trascender mayormente. Por más que después dijera, como si sus palabras tuvieran algún efecto desangustiante, que el premio de consuelo es saberse también fragmento y derivación del Ser (lo que algo es, lo que es origen y fundamento de todas las cosas), la K en mi frente no me la borra nadie.

"Debo admitir que mi voluntad aún es débil y dependiente; mi razón todavía debe darle de comer".
Tito Manfred.

sábado, marzo 19, 2005 

Ideas dispersas y/o más o menos conexas

Pocas cosas me alteran más que oír "vomitar" a un roñoso conservador, y peor si es del tipo pájaro-estúpido-parlanchín-repetidor. No lo soporto, así de simple. ¿Soy un intolerante? Sí, lo soy, ¿y, qué? Toleren esta verdad: la tolerancia está sobrevalorada. Claro, yo, como todos, en mayor o menor medida, la practico (básicamente, por una cuestión de cansancio).
Retomando el tema de la alteración de los nervios, repito el subtexto: si quieres verme haciendo arcadas, háblame de los nunca bien ponderados "valores tradicionales". Te prometo que no te golpearé, sólo "pondré" mi exquisito y "procesado" almuerzo, sobre tu linda camisa correctamente abotonada. No es que repudie la violencia, repudio la violencia inconducente (aplastar mil cabezas como la tuya, a eso yo le llamo violencia conducente). El fin no justifica los medios, justifica MIS medios (no pido que los entiendas, no son tuyos).
Ahora, quiero decir algo fuerte y claro: ¡la Cultura existe en oposición a la Naturaleza, de ahí que toda realidad natural debe ser analizada y criticada en función de las necesidades de los constructores culturales! (ni la vida escapa a ello, insulsos promierda). Quienes no gusten de la idea, pueden irse a la selva (God inclusive).
Atribulado estoy, eso es cierto, mas no amargado (esa condición se la dejo a los tontos). Atribulado por vivir entre tanto eunuco reproductor de pobres retóricas rancias y recicladas. Y atribulado, sobre todo, por no ser yo más que un extremista teórico. En todo caso, ¿cuál es la teoría?

"Mi voluntad es mi legislador".
Tito Manfred.